La fugitiva

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Así, por ejemplo, hubo una noche en que una carta de mi agente de Bolsa reabrió por un instante para mí las puertas de la cárcel en que Albertine estaba viva en mí, pero tan lejos, tan profunda, que me resultaba inaccesible. Desde su muerte yo no había vuelto a ocuparme de las especulaciones que había hecho con vistas a tener más dinero para ella. Ahora bien, había pasado el tiempo; grandes certezas de la época anterior resultaban desmentidas por ésta, como había ocurrido en tiempos al Sr. Thiers, al decir que los ferrocarriles nunca podrían dar buen resultado, y los títulos de los que el Sr. de Norpois nos había dicho: «Su rendimiento no es demasiado elevado, desde luego, pero al menos el capital nunca se depreciará» eran, en muchos casos, los que más habían bajado. Tan sólo por los consolidados ingleses y las Refinerías Say tenía yo que pagar a los agentes de Bolsa diferencias tan considerables, además de intereses y dobles prórrogas, que de repente me dio por decidirme a venderlo todo y me encontré con que ya sólo poseía la quinta parte apenas de lo que había heredado de mi abuela y que aún conservaba en vida de Albertine. Por lo demás, en Combray cundió la noticia entre los que quedaban de nuestra familia y nuestras relaciones y, como sabían que yo frecuentaba al marqués de Saint-Loup y a los Guermantes, pensaron: «A eso conducen los sueños de grandeza». Les habría asombrado mucho enterarse de que por una muchacha de condición tan modesta como Albertine, casi una protegida del antiguo profesor de piano de mi abuela, Vinteuil, había hecho yo aquellas especulaciones. Por lo demás, en aquella vida de Combray, en la que todo el mundo es clasificado para siempre por sus rentas de las que se tiene noticia, como en una casta india, no habrían podido hacerse idea de la gran libertad que reinaba en el mundo de los Guermantes, en el que no se atribuía la menor importancia a la fortuna y se podía considerar la pobreza tan desagradable —pero en modo alguno rebajaba más, afectaba más, a la situación social— como una enfermedad del estómago. Seguramente en Combray se imaginaban, al contrario, que Saint-Loup y el Sr. de Guermantes debían de ser nobles arruinados, con castillos hipotecados, a quienes yo prestaba dinero, mientras que, si me hubiera arruinado, habrían sido ellos los primeros en ofrecerse, en vano, a ayudarme. En cuanto a mi ruina relativa, me fastidiaba tanto más cuanto que mis curiosidades venecianas se habían concentrado desde hacía poco en una joven vendedora de cristalería, con un cutis de flor que ofrecía a ojos maravillados toda una gama de tonos anaranjados y me infundía tal deseo de volver a verla todos los días, que, en vista de que pronto nos marcharíamos de Venecia mi madre y yo, estaba decidido a intentar conseguirle alguna colocación en París que me permitiera no separarme de ella. La belleza de sus diecisiete años era tan noble, tan radiante, que constituía un auténtico Tiziano que adquirir antes de marchar. ¿Y bastaría lo poco que me quedaba de mi fortuna para tentarla lo bastante a abandonar su país y venir a París para mí solo? Pero, cuando estaba acabando de leer la carta de mi agente de Bolsa, una frase en la que decía: Yo me encargaré de sus prórrogas, me recordó una expresión, casi tan hipócritamente profesional, que la encargada de las duchas de Balbec había empleado al hablar de Albertine a Aimé: «Yo me encargaba de atenderla», había dicho. Y aquellas palabras de las que nunca había vuelto a acordarme hicieron funcionar, como un Sésamo, los goznes del calabozo, pero, al cabo de un instante, volvieron a cerrarse sobre la emparedada —para con quien yo ya no era culpable de no querer reunirme, puesto que ya no lograba verla, recordarla, y las personas sólo existen para nosotros gracias a la idea que tenemos de ellas, pero que por un instante me había resultado más conmovedora por su desamparo, pese a que ella lo ignoraba—: por espacio de un relámpago había yo envidiado la época, ya muy lejana, en que sufría de noche y de día, acompañado por su recuerdo. En otra ocasión, en San Giorgio degli Schiavoni, un águila junto a uno de los apóstoles y estilizado del mismo modo despertó el recuerdo y casi el sufrimiento causado por aquellos dos anillos cuya semejanza me había revelado Françoise y que había regalado a Albertine alguien que yo no conocía. Por último, una noche se produjo una circunstancia tal, que mi amor —pareció— debería haber renacido. En el momento en que nuestra góndola se detuvo ante los escalones del hotel, el portero me entregó un telegrama que el empleado de la oficina de telégrafos ya había acudido tres veces a llevarme, pues por la inexactitud del nombre del destinatario (si bien yo comprendí, pese a las deformaciones de los empleados italianos, que era el mío) pedían un acuse de recibo a fin de certificar que era en verdad para mí. En cuanto llegué a mi habitación, lo abrí y, al echar un vistazo a un texto lleno de palabras mal transcritas, pude leer: AMIGO MÍO, ME CONSIDERAS MUERTA, PERDÓNAME, ESTOY BIEN VIVA, QUIERO VERTE, HABLAR DE MATRIMONIO, ¿CUÁNDO VUELVES? CARIÑOS. ALBERTINE. Entonces ocurrió de forma inversa lo mismo que con mi abuela: cuando me había enterado en realidad de que mi abuela había muerto, al principio no había sentido la menor pena y no había sufrido efectivamente por su muerte hasta que recuerdos involuntarios la habían vuelto viva para mí. Ahora que en mi pensamiento Albertine ya no vivía para mí, la noticia de que estaba viva no me causó la alegría que habría supuesto. Albertine había sido para mí tan sólo un haz de pensamientos, había sobrevivido a su muerte material mientras dichos pensamientos vivían en mí; en cambio, ahora que habían muerto, Albertine en modo alguno resucitaba para mí junto con su cuerpo y, al notar que no me alegraba de que estuviera viva, que había dejado de amarla, debería haberme sentido más trastornado que quien, al mirarse en un espejo, después de haber pasado meses viajando o enfermo, advierte que tiene pelo blanco y una cara nueva, de hombre maduro o viejo. Es algo que trastorna porque quiere decir: el hombre que era yo, el joven rubio, ha dejado de existir, soy otro. Ahora bien, ¿acaso no es un cambio tan profundo, una muerte tan total del yo que éramos, la substitución tan completa del yo antiguo por el nuevo, ver un rostro surcado de arrugas y coronado por una peluca blanca? Pero nos afligimos tan poco de haber llegado a ser otro, tras haber pasado los años y en el orden propio de la sucesión del tiempo, como de ser, en una misma época, sucesivamente los seres contradictorios —el malo, el sensible, el delicado, el grosero, el desinteresado, el ambicioso— que somos sucesivamente todos los días. Y la razón por la que no nos afligimos es la misma: la de que el yo eclipsado —momentáneamente, en el último caso y cuando se trata del carácter; para siempre, en el primer caso y cuando se trata de las pasiones— no está ahí para deplorar al otro, que en ese momento o en adelante somos enteramente; el grosero sonríe con su grosería, pues somos el grosero, y el olvidadizo no se entristece por su falta de memoria, precisamente porque ha olvidado.


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