La fugitiva
La fugitiva Por último, había días en que mi madre y yo no nos contentábamos con los museos y las iglesias de Venecia y así en cierta ocasión en que hacía un tiempo particularmente hermoso, para volver a ver aquellos Vicios y Virtudes cuyas reproducciones me había regalado el Sr. Swann, probablemente colgadas aún en la sala de estudios de la casa de Combray, nos llegamos hasta Padua; después de haber cruzado a pleno sol el jardín de la Arena, entré en la capilla de los Giotto, cuya bóveda entera y el fondo de los frescos son tan azules, que parece que el radiante día haya cruzado también el umbral junto con el visitante y haya acudido por un instante a poner a la sombra y al fresco su puro cielo, apenas un poco más obscuro, al haberse separado de los dorados de la luz, como en esos breves intervalos con que se interrumpen los días más hermosos, cuando, sin que se haya visto nube alguna, al haber apartado el sol por un momento la vista en otra dirección, el azul del cielo, más suave aún, se ensombrece. Por aquel cielo transportado a la piedra azulina volaban ángeles que yo veía por primera vez, pues el Sr. Swann me había dado sólo reproducciones de las Virtudes y los Vicios y no de los frescos que describen la historia de la Virgen y de Cristo. Pues bien, en el vuelo de los ángeles volvía yo a ver la misma impresión de acción efectiva, literalmente real, que me habían dado los gestos de la Caridad o de la Envidia. Con tanto fervor celeste o al menos docilidad y aplicación infantiles con que acercan sus manitas, los ángeles están representados en la Arena, pero como volátiles de una especie particular que existieron de verdad, que debieron de figurar en la historia natural de los tiempos bíblicos y evangélicos. Son pequeños seres que no dejan de revolotear delante de los santos, cuando éstos se pasean; siempre hay algunos sueltos por encima de ellos y, como son criaturas reales y efectivamente voladoras, se las ve elevarse, describiendo curvas, ejecutando loopings con la mayor soltura, lanzándose hacia el suelo de cabeza con gran acompañamiento de alas que les permiten mantenerse en posiciones contrarias a las leyes de la gravedad y recuerdan mucho más a una variedad desaparecida de aves o a jóvenes alumnos de Garros ejercitándose en el vuelo planeado que a los ángeles del Renacimiento y de las épocas siguientes, cuyas alas ya sólo son emblemas y cuyo mantenimiento es habitualmente el mismo que el de personajes celestes que carecieran de alas.