La fugitiva

La fugitiva

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Al volver al hotel me encontraba con mujeres jóvenes que acudían —sobre todo de Austria— a pasar los primeros días hermosos de aquella primavera sin flores. Había una cuyas facciones no se parecían a las de Albertine, pero que me gustaba por el mismo frescor de su cutis, la misma mirada risueña y ligera. Pronto noté que empezaba a decirle las mismas cosas que decía al principio a Albertine, que le disimulaba el mismo dolor —cuando me informaba de que no podría verme el día siguiente, de que iba a Verona— y al instante las mismas ganas de ir a Verona yo también. Fue algo que no duró, ella tenía que volver a Austria, no volvería yo a verla jamás, pero, ya vagamente celoso, como nos sentimos cuando empezamos a estar enamorados, al contemplar su encantador y enigmático rostro, me preguntaba yo si también a ella le gustarían las mujeres, si lo que tenía en común con Albertine —aquella claridad del cutis y las miradas, aquella apariencia de franqueza amable que seducía a todo el mundo y que se debía más a que en modo alguno intentaba conocer las acciones de los demás, que no le interesaban, que confesar las suyas, que, en cambio, disimulaba bajo las mentiras más pueriles— constituiría caracteres morfológicos de la mujer a la que gustan las mujeres. ¿Sería eso lo que de ella ejercía en mí —sin que pudiera yo entender racionalmente por qué— su atracción, causaba mis inquietudes (causa más profunda tal vez de mi atracción por lo que conduce al sufrimiento), me daba, cuando la veía, tanto placer y tristeza, como esos elementos magnéticos que no vemos y que en el aire de ciertas comarcas nos hacen sentir tantas indisposiciones? Nunca —¡ay!— iba a saberlo. Cuando intentaba leer en su rostro, me habría gustado decirle: «Deberías decírmelo, me interesaría para darme a conocer una ley de historia natural humana», pero ella nunca me lo habría dicho: sentía por lo que se parecía a ese vicio un horror particular y mantenía una gran frialdad con sus amigas. Tal vez fuera la prueba precisamente de que tenía algo que ocultar, de que tal vez hubiese sido objeto de bromas o denuestos por esa razón y de que la apariencia que adoptaba para evitar que se le atribuyese era como ese alejamiento revelador que los animales muestran para con las personas que los han golpeado. En cuanto a informarse sobre su vida, era imposible; incluso en el caso de Albertine, ¡cuánto había tardado yo en saber algo! ¡Había sido necesaria la muerte para desatar las lenguas, dada la prudente circunspección que Albertine mantenía en su conducta, como aquella misma joven! E incluso sobre Albertine, ¿estaba yo seguro de saber algo? Y, además, así como las condiciones de vida que más deseamos se nos vuelven indiferentes, si dejamos de amar a la persona que, sin que lo sepamos, nos hacía desearlas, porque nos permitían vivir cerca de ella, agradarle en la medida de lo posible, así también ocurre con ciertas curiosidades intelectuales. La importancia científica que veía yo en el conocimiento del deseo que se ocultaba bajo los pétalos débilmente rosados de aquellas mejillas, en la claridad, clara sin sol como el amanecer de aquellos ojos pálidos, en aquellas jornadas jamás contadas, desaparecería seguramente cuando yo ya hubiera dejado de amar totalmente a Albertine o cuando hubiese dejado de amar totalmente a aquella joven.


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