La fugitiva

La fugitiva

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Por las noches, salía solo por la ciudad encantada, en la que me encontraba inmerso en barrios nuevos, como un personaje de Las mil y una noches. Raro era el día en que no descubriese al azar de mis paseos algún lugar desconocido y espacioso del que ningún guía, ningún viajero, me había hablado. Me había internado por una red de callejuelas, de calli. Por la noche, con sus altas chimeneas de boca ancha a las que el sol comunica los rosas más vivos, los rojos más claros, todo un jardín florece por encima de las casas, con matices tan variados, que parece el jardín, plantado sobre la ciudad, de un aficionado a los tulipanes de Delft o de Haarlem. Y, por lo demás, la extrema proximidad de las casas hacía de cada una de las ventanas el marco en que soñaba despierta una cocinera que miraba por él, de una muchacha sentada a la que peinaba una anciana con rostro, adivinado en la sombra, de bruja, hacía como una exposición de cien cuadros holandeses yuxtapuestos de cada una de las pobres casas silenciosas y muy próximas por la extrema estrechez de aquellas calli, que, comprimidas unas contra otras, dividían en todos los sentidos, con sus canales, el trozo de Venecia recortado entre un canal y la laguna, como si hubiera cristalizado siguiendo aquellas formas innumerables, tenues y minuciosas. De repente, al cabo de una de aquellas callejuelas, parece que en la materia cristalizada se haya producido una distensión. Un vasto y suntuoso campo, cuya importancia no habría podido yo adivinar en modo alguno —ni encontrar siquiera una plaza— en aquella red de callejuelas, se extendía delante de mí, rodeado de palacios encantadores, pálido con la luz de la luna. Era uno de esos conjuntos arquitectónicos hacia los cuales se dirigen las calles en otra ciudad, nos conducen al designarlo. Allí parecía oculto a propósito en un entrecruzamiento de callejuelas, como esos palacios de los cuentos orientales hasta los que llevan de noche a un personaje que, por haber sido devuelto a su casa antes de que amanezca, no ha de poder encontrar de nuevo la morada mágica en la que acaba creyendo no haber estado sino en sueños. Al día siguiente salía en busca de mi bella plaza nocturna, seguía calli que se parecían, todas, y se negaban a darme la menor información, salvo para extraviarme más. A veces un vago indicio que creía reconocer me hacía suponer que iba a ver aparecer, en su enclaustramiento, soledad y silencio, la hermosa plaza exiliada. En aquel momento algún genio malo, que había adoptado la apariencia de una nueva calle, me hacía dar media vuelta, a mi pesar, y me veía devuelto bruscamente al Gran Canal y, como entre el recuerdo de un sueño y el de una realidad no hay grandes diferencias, acababa preguntándome si no se habría producido durante mi sueño, en un sombrío fragmento de cristalización veneciana, aquella extraña fluctuación que ofrecía una inmensa plaza rodeada de palacios románticos a la prolongada meditación de la luz de la luna.


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