La fugitiva
La fugitiva Pero el deseo de no perder para siempre a ciertas mujeres, mucho más que ciertas plazas, alimentaba en mí una agitación en Venecia que llegó a ser febril el día en que mi madre había decidido que nos marcharíamos, cuando, al atardecer, después de que nuestras maletas hubieran partido ya en góndola con destino a la estación, leí en un registro de los extranjeros esperados en el hotel: Baronesa Putbus y séquito. Al instante, el sentimiento de todas las horas de placer carnal de las que nuestra partida iba a privarme elevó dicho deseo, que existía ya en mí en estado crónico, a la altura de un sentimiento y lo ahogó en la melancolía y la nostalgia; pedí a mi madre que aplazara nuestra marcha unos días y la expresión que puso de no tomar en consideración ni un instante, ni en serio siquiera, mi ruego despertó en mis nervios, excitados por la primavera veneciana, aquel antiguo deseo de resistencia a una conspiración imaginaria tramada contra mí por mis padres, quienes se imaginaban que me vería obligado a obedecer, aquella voluntad de lucha que en tiempos me impulsaba a imponer brutalmente mi voluntad a aquellos a los que más quería, sin perjuicio de acomodarme a la suya después de haber logrado hacerlos ceder. Dije a mi madre que no me marcharía, pero ella, considerando más hábil no aparentar pensar que lo decía en serio, ni siquiera me respondió. Añadí que ya vería si iba en serio o no. El portero vino a traer tres cartas, dos para ella y una para mí, que metí en mi cartera entre todas las demás sin mirar siquiera el sobre y, cuando llegó el momento en que ella salió, seguida de todas mis cosas, para la estación, yo mandé que me llevaran una consumición a la terraza y me instalé en ella para contemplar la puesta de sol, mientras en una barca detenida enfrente del hotel un músico cantaba Sole mio. El sol seguía bajando. Mi madre no debía de estar ya demasiado lejos de la estación. Pronto se habría marchado, yo estaría solo en Venecia, solo con la tristeza de saberla apenada por mi actitud y sin su presencia para consolarme. La hora del tren se acercaba. Mi soledad irrevocable estaba tan próxima, que ya me parecía comenzada y total. Es que me sentía solo, las cosas se me habían vuelto ajenas, ya no tenía la suficiente calma para salir de mi palpitante corazón e introducir en ellas alguna estabilidad. La ciudad que tenía ante mí había dejado de ser Venecia. Su personalidad, su nombre, me parecían ficciones mendaces que ya no tenía yo valor para inculcar a las piedras. Los palacios me parecían reducidos a sus simples partes y cantidades de mármol semejantes a todas las demás y el agua como una combinación de hidrógeno y nitrógeno, eterna, ciega, anterior y exterior a Venecia, ignorante de los dux y de Turner, y, sin embargo, aquel lugar cualquiera era ajeno, como uno al que acabamos de llegar, que no nos conoce aún, como uno del que nos hemos marchado y que ya nos ha olvidado. Ya no podía decirle nada de mí, dejar nada de mí posarse sobre él, me hacía contraerme sobre mí mismo, yo ya no era otra cosa que un corazón que latía y una atención que seguía ansiosamente el desarrollo de Sole mio. De nada servía que aferrara desesperadamente mi pensamiento a la hermosa curva característica del Rialto: se me presentaba con la mediocridad de la evidencia como un puente no sólo inferior, sino también tan ajeno a la idea que tenía yo de él como un actor del que, pese a su peluca rubia y a su traje negro, hubiese sabido que en su esencia no era Hamlet. Así también los palacios, el Canal, el Rialto, se encontraban desprovistos de la idea a la que debían su individualidad y disueltos en sus vulgares elementos materiales, pero al mismo tiempo aquel lugar mediocre me parecía lejano. En el estanque del Arsenal, en virtud también de un elemento científico, la latitud, había esa singularidad de las cosas que, aun siendo semejantes en apariencia a las de nuestro país, resultan ser extranjeras, exiliadas bajo otros cielos; sentía yo que aquel horizonte tan vecino, que habría podido alcanzar en una hora, era una curvatura de la Tierra muy diferente de las de los mares de Francia, una curvatura lejana que se encontraba, por el artificio del viaje, amarrada cerca de mí, por lo que aquel estanque del Arsenal, a la vez insignificante y lejano, me infundía aquella mezcla de asco y espanto que había sentido, de muy niño, la primera vez que acompañé a mi madre a los baños Deligny; en efecto, en el paraje fantástico compuesto por un agua sombría que no cubrían el cielo ni el sol y que, sin embargo, sentíamos comunicar, limitado por cabinas, con profundidades invisibles cubiertas de cuerpos humanos en bañador, me había yo preguntado si aquellas profundidades ocultas a los mortales por barracas que no permitían imaginarlos desde la calle no serían la entrada a mares glaciales que comenzaban allí, si no estarían comprendidos los polos allí, si no sería precisamente aquel estrecho espacio el mar libre del polo; aquella Venecia sin simpatía para mí en la que iba a permanecer solo no me parecía menos aislada, menos irreal, y lo que el Sole mio, al elevarse como una deploración de la Venecia que había yo conocido, parecía tomar por testigo era mi angustia. Seguramente debería haber dejado de escucharlo, si hubiese querido poder reunirme aún con mi madre y tomar el tren con ella, debería haber decidido sin perder un segundo que me marchaba, pero eso era precisamente lo que no podía hacer; permanecía inmóvil, sin ser capaz no sólo de levantarme, sino tampoco de decidir que me levantaría. Seguramente para no pensar en una resolución que tomar, mi pensamiento estaba enteramente dedicado a seguir el desarrollo de las sucesivas frases de Sole mio, a cantar mentalmente con el intérprete, a prever el impulso que iba a transportarlo, a dejarme llevar también con él y volver a caer después. Desde luego, aquel canto insignificante y oído cien veces no me interesaba en modo alguno. No podía yo dar placer a nadie ni a mí mismo escuchándolo religiosamente hasta el final. Por último, ninguno de los motivos conocidos por mí de antemano de aquella vulgar romanza podía brindarme la resolución que necesitaba; más aún: cada una de aquellas frases, cuando pasaba, a su vez, se volvía un obstáculo para tomar eficazmente dicha resolución o, mejor dicho, me obligaba a la resolución contraria de no partir, pues me hacía pasar la hora. Con ello aquella ocupación, nada placentera en sí misma, de escuchar Sole mio se cargaba de una tristeza profunda, casi desesperada. Yo notaba perfectamente que en realidad era la resolución de no partir la que tomaba al quedarme allí sin moverme, pero decirme: «No me marcho», que no me resultaba posible de aquella forma directa, me lo resultaba de esta otra: «Voy a escuchar una frase más de Sole mio», pero no se me escapaba el significado poético de aquel lenguaje figurado, si bien sabía que quería decir: «Me quedaré solo en Venecia». Y tal vez aquella tristeza, algo así como un frío entumecedor, era lo que constituía el encanto desesperado, pero fascinante, de aquel canto. Cada una de las notas que lanzaba la voz del cantante con una fuerza y una ostentación casi musculares venía a golpearme en pleno corazón; cuando la frase estaba consumida abajo y el fragmento parecía acabado, el cantante no tenía bastante y proseguía por arriba, como si necesitara proclamar una vez más mi soledad y mi desesperación. Mi madre debía de haber llegado a la estación. No tardaría en partir. Yo me sentía oprimido por la angustia que me causaba, junto con la vista del Canal, que se había vuelto diminuto desde que el alma de Venecia se había escapado de él, de aquel Rialto trivial que ya no era el Rialto, aquel canto de desesperación que se volvía Sole mio y que, clamado así delante de los inconsistentes palacios, acababa de reducirlos a añicos y consumaba la ruina de Venecia; yo asistía a la lenta realización de mi desdicha, construida artísticamente, sin prisa, nota a nota, por el cantante al que miraba con asombro el sol detenido tras San Giorgio Maggiore, por lo que aquella luz crepuscular debía de hacer para siempre en mi memoria, junto con el estremecimiento de mi emoción y la voz de bronce del cantante, una aleación equívoca, inmutable y desgarradora.