La fugitiva

La fugitiva

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Así permanecía yo inmóvil, con una voluntad disuelta y sin decisión aparente; seguramente en esos momentos ya está tomada: nuestros propios amigos pueden preverlo con frecuencia, pero nosotros no podemos; de lo contrario, nos libraríamos de muchos sufrimientos.

Pero, por fin, de antros más obscuros que aquellos desde los que se lanza la cometa que podemos predecir —gracias a la insospechable capacidad defensiva de la costumbre inveterada, gracias a las reservas ocultas que mediante un impulso súbito arroja en el último momento a la refriega— surgió mi acción: corrí como un poseso y llegué, con las portezuelas ya cerradas, pero a tiempo para reunirme con mi madre, que, roja de emoción, se contenía para no llorar, pues creía que yo ya no iba a acudir. Después el tren arrancó y vimos Padua y luego Verona llegar por delante del tren, decirnos adiós casi hasta la estación y, mientras nos alejábamos, volver a llegar —ellas, que no partían e iban a reanudar su vida— a sus campos —una— y —la otra— a su colina.






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