La fugitiva

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Pasaban las horas. Mi madre no se apresuraba a leer las dos cartas, que se había limitado a abrir, y procuró que yo mismo no sacara en seguida la cartera para coger la que el conserje del hotel me había entregado. Seguía temiendo que los viajes me resultaran demasiado largos, demasiado agotadores, y retrasaba lo más posible el momento en que, para ocuparme durante las últimas horas, desempaquetaría los huevos duros, me pasaría los periódicos, desharía el paquete de libros que había comprado sin decírmelo. Miré primero a mi madre, que leía su carta con asombro y después levantaba la cabeza y sus ojos parecían posarse sucesivamente en recuerdos distintos, incompatibles y que no lograba relacionar. Sin embargo, yo había reconocido la letra de Gilberte en mi sobre. Lo abrí. Gilberte me anunciaba su boda con Robert de Saint-Loup. Me decía que me había telegrafiado al respecto a Venecia y no había tenido respuesta. Recordé que, según me habían dicho, el servicio de telégrafos funcionaba mal. Yo no había recibido su telegrama. Tal vez no quisiera creerlo. De repente sentí en mi cerebro que un hecho, instalado en él en forma de recuerdo, abandonaba su lugar y lo cedía a otro. El telegrama que había recibido últimamente y que había creído de Albertine era de Gilberte. Como la originalidad, bastante facticia, de la escritura de Gilberte consistía principalmente, cuando escribía una línea, en hacer figurar en la línea superior las barras de las tes que parecían subrayar las palabras o los puntos sobre las íes, que parecían interrumpir las frases de la línea de arriba y, en cambio, intercalar en la línea de abajo las colas y los arabescos de las palabras a ella superpuestas, resultaba totalmente natural que el empleado de telégrafos hubiera leído los bucles de las eses y las y griegas de la línea superior como un «ine» con el que acabara Gilberte. El punto sobre la i de Gilberte había subido por encima para formar un punto suspensivo. En cuanto a su G, parecía una A gótica. Que, aparte de eso, dos o tres palabras hubiesen sido leídas mal, confundidas unas con otras (por lo demás, algunas me habían parecido incomprensibles), era suficiente para explicar los detalles de mi error y ni siquiera era necesario. ¿Cuántas cartas lee en una palabra una persona distraída y sobre todo aislada, que parte de la idea de que la carta es de determinada persona? ¿Cuántas palabras en la frase? Al leer, se adivina, se crea; todo parte de un error inicial; los que siguen (y no es sólo en la lectura de las cartas y los telegramas, no sólo en toda lectura), por extraordinarios que puedan parecer a quien no tiene el mismo punto de partida, resultan totalmente naturales. Buena parte de lo que creemos procede —y hasta las últimas conclusiones, con un empecinamiento y una buena fe semejantes— de un primer error en las premisas.


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