La fugitiva
La fugitiva sino el inverso exactamente y que hace decir: «Pero ¡cómo! ¡Por ésa se ha preocupado tanto, ha padecido tanta pena, ha hecho tantas locuras!». Hemos de reconocer que esa clase de reacción a la vista de la persona que ha causado los sufrimientos, ha trastornado la vida —a veces ha causado la muerte— de alguien a quien queremos se da con una frecuencia infinitamente mayor que la de los ancianos troyanos y, en resumidas cuentas, habitual. No se debe sólo a que el amor es individual ni a que, cuando no lo sentimos, nos resulta natural considerarlo evitable y filosofar sobre la locura de los demás. No, es que, cuando ha llegado hasta el extremo de causar tantos males, la construcción de las sensaciones interpuestas entre el rostro de la mujer y los ojos del amante y el enorme huevo doloroso que lo envuelve y lo oculta tanto como una capa de nieve a una fuente han llegado ya lo bastante lejos para que el punto en que se detienen las miradas del amante, el punto en que encuentra su placer y sus sufrimientos, quede tan lejos de aquel desde el que los demás lo ven como lo está el sol verdadero del lugar en que su luz condensada nos hace verlo en el cielo. Y, además, durante ese tiempo, bajo la crisálida de dolores y ternuras que vuelve invisibles para el amante las peores metamorfosis del ser amado, el rostro ha tenido tiempo de envejecer y cambiar. De modo, que, si bien el rostro que el amante vio la primera vez está muy lejos del que ve desde que ama y sufre, igualmente lejos está —en sentido inverso— del que puede ver ahora el espectador indiferente. (¿Qué habrÃa ocurrido, si, en lugar de la fotografÃa de quien era una joven, hubiese visto Robert la de una amante anciana?). Y ni siquiera necesitamos ver por primera vez a la que ha causado tantos estragos para sentir ese asombro. En muchos casos la conocÃamos, como mi tÃo abuelo a Odette. Entonces la diferencia de punto de vista se extiende no sólo al aspecto fÃsico, sino también al carácter, a la importancia individual. Hay muchas posibilidades de que la mujer que hace sufrir a quien la ama haya sido siempre muy buena con alguien a quien resultaba indiferente —asà como Odette, tan cruel con Swann, habÃa sido la solÃcita «señora de rosa» de mi tÃo abuelo— o de que la persona todas cuyas decisiones pondera de antemano —con tanto miedo como la de una divinidad— quien la ama parezca alguien sin importancia, demasiado deseosa de hacer todo lo que le ordenen, a quien no la ama, como la amante de Saint-Loup a mÃ, quien sólo veÃa en ella aquella «Rachel cuando del Señor» que tantas veces me habÃan ofrecido. Recordaba yo mi estupefacción, la primera vez que la vi con Saint-Loup, al pensar en la tortura que serÃa no saber lo que semejante mujer habÃa hecho determinada noche, lo que podÃa haber dicho en voz baja a alguien, por qué habÃa tenido deseos de ruptura. Ahora bien, yo tenÃa la sensación de que todo aquel pasado —pero de Albertine— hacia el que se dirigÃan todas las fibras de mi corazón, de mi vida, con un sufrimiento vibrátil y torpe, debÃa de parecer tan insignificante a Saint-Loup como tal vez llegarÃa a serlo para mà un dÃa, de que tal vez yo pasarÃa poco a poco —respecto de la insignificancia o la gravedad del pasado de Albertine— del estado de ánimo que tenÃa en aquel momento al de Saint-Loup, pues no me hacÃa ilusiones sobre lo que éste pudiera pensar, sobre lo que cualquier otra persona distinta del amante puede pensar, y no me afectaba demasiado. Dejemos a las mujeres guapas para los hombres sin imaginación. Recordaba aquella trágica explicación de tantas vidas que es un retrato genial y sin parecido con el modelo, como el de Odette pintado por Elstir, retrato no tanto de una amante cuanto del amor deformador. Sólo le faltaba ser a la vez —como tantos retratos— de un gran pintor y de un amante (y aún decÃan que Elstir lo habÃa sido de Odette). Toda la vida de un amante, cuyas locuras nadie entiende, toda la vida de un Swann, demuestran esa diferencia, pero, si el amante es, además, un pintor como Elstir y entonces se pronuncia la palabra del enigma, tenemos por fin ante nosotros esos labios que el vulgo nunca ha visto en esa mujer, esa nariz que nadie le ha notado, ese garbo insospechado. El retrato dice: «Esto es lo que he amado, lo que me ha hecho sufrir, lo que he visto sin cesar». Mediante una gimnasia inversa, yo, quien habÃa intentado añadir con el pensamiento a Rachel todo lo que Saint-Loup le habÃa atribuido por su cuenta, procuraba eliminar mi aportación cardÃaca y mental a la composición de Albertine e imaginármela tal como debÃa parecer a Saint-Loup, como Rachel a mÃ. Esas diferencias, aun cuando las viéramos nosotros mismos, ¿qué importancia añadirÃan? Y, cuando en tiempos, en Balbec, Albertine me esperaba bajo las arcadas de Incarville y montaba en mi coche, no sólo no habÃa engordado, sino que, además, gracias a un exceso de ejercicio habÃa adelgazado demasiado; delgada, afeada por un sombrero horrible que sólo dejaba ver una puntita de nariz fea y, por los lados, unas mejillas blancas como gusanos, yo reconocÃa muy poco de ella, aunque lo suficiente para que, al montar en mi coche, supiese que era ella y que habÃa sido puntual a la cita y no se habÃa ido a otra parte y con eso bastaba. Lo que amamos está demasiado en el pretérito, consiste demasiado en el tiempo perdido juntos para que necesitemos a toda la mujer; simplemente queremos estar seguros de que es ella, no equivocarnos de identidad, mucho más importante que la belleza para quienes aman; las mejillas pueden hundirse y el cuerpo adelgazar, pero incluso para quien antes ha estado más orgulloso, a juicio de los demás, de su dominio sobre una belleza, esos morritos, esa señal en la que se resume la personalidad permanente de una mujer, ese extracto algebraico, esa constante, basta para que un hombre esperado en la más alta sociedad y que gusta de frecuentarla no pueda disponer de una sola de sus veladas, porque pasa el tiempo peinando y despeinando, hasta la hora de dormir, a la mujer que ama o simplemente permaneciendo a su lado para estar con ella o para que ella esté con él o simplemente para que no esté con otros.