La fugitiva
La fugitiva «¿Estás seguro», me dijo Robert, «de que puedo regalar así como así a esa mujer treinta mil francos para el comité electoral de su marido? ¿Tan indecente es esa mujer? Si no te equivocas, tres mil francos bastarían». «No, por favor, no economices por algo que tanto me importa. Debes decir lo siguiente, en lo que, por lo demás, hay una parte de verdad: “Mi amigo había pedido esos treinta mil francos a un pariente para el comité del tío de su novia. Se los habían entregado por tratarse de su prometida precisamente y me pidió que se los trajera a usted para que Albertine no se enterara y ahora resulta que ésta lo abandona. Ya no sabe qué hacer. Está obligado a devolver los treinta mil francos, si no se casa con Albertine y, si lo hace, sería necesario, al menos para guardar las apariencias, que volviera inmediatamente, porque, si continuara la fuga, causaría muy mala impresión”. ¿Te parece inventado a propósito?». «¡Qué va!», me respondió Saint-Loup con su bondad y su discreción y porque, además, sabía que con frecuencia las circunstancias son más extrañas de lo que creemos. Al fin y al cabo, no era imposible que en aquella historia de los treinta mil francos hubiese, como yo le decía, una gran parte de verdad. Era posible, pero no cierto, y precisamente esa parte de verdad era una mentira, como en todas las conversaciones en las que un amigo desea sinceramente ayudar a otro, desesperado por amor, pero Robert y yo no mentíamos. El amigo que aconseja, apoya y consuela puede compadecer la angustia del otro, sin sentirla y cuanto mejor se comporta con él, más le miente y el otro le confiesa la ayuda que necesita, pero, precisamente para recibir ayuda, tal vez calle muchas cosas y, de todos modos, el feliz es el que se toma la molestia, hace un viaje, cumple una misión, pero no padece el sufrimiento interior. En aquel momento yo era el que Robert había sido en Doncières, cuando había creído que Rachel lo había abandonado. «En fin, como quieras; si recibo una afrenta, la acepto de antemano por ti y, además, aunque me parezca un poco extraño, ese trato tan poco disimulado, sé perfectamente que en nuestro mundo hay duquesas, e incluso de las más beatas, que por treinta mil francos harían cosas más difíciles que decir a su sobrina que no se quede en Turena. El caso es que me alegro doblemente de hacerte este favor, ya que es necesario para que aceptes verme. Si me caso», añadió, «¿no nos veremos más? ¿No considerarás mi casa un poco la tuya también?…». Se interrumpió de repente, por haber pensado —supuse yo— que, si yo me casaba, Albertine no podría ser para su mujer una amiga íntima y recordé lo que los Cambremer me habían dicho de su probable matrimonio con la hija del príncipe de Guermantes.