La fugitiva

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Tras consultar el horario, vio que no podría partir hasta la noche. Françoise me preguntó: «¿Hay que sacar del despacho la cama de la Srta. Albertine?». «Al contrario», le contesté, «hay que hacerla». Yo esperaba que volviera de un día para otro y no quería que Françoise supusiese siquiera que se podía poner en duda. Era necesario que la partida de Albertine pareciese algo convenido entre nosotros, que en modo alguno significaba que me quisiera menos, pero Françoise me miró con expresión —si no de incredulidad— al menos de duda. También ella tenía sus dos hipótesis. Las aletas de la nariz se le dilataban, se olía una riña, debía de haberla sentido desde hacía mucho y, si no estaba del todo segura, tal vez fuera sólo porque, como yo, no se atrevía a creer del todo lo que la habría complacido demasiado. Ahora el peso del asunto ya no recaía sobre mi agotada cabeza, sino sobre Saint-Loup. Me sentía alborozado, porque había adoptado una decisión, porque pensaba: «He respondido con la misma moneda».







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