La fugitiva

La fugitiva

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Apenas debía de haber montado en el tren Saint-Loup, cuando me crucé en mi antesala con Bloch, a quien no había oído llamar, por lo que me vi obligado a recibirlo un instante. Hacía poco, me había encontrado con él, un día en que me acompañaba Albertine (a quien él conocía de Balbec) y ésta estaba de mal humor. «He cenado con el Sr. Bontemps», me dijo, «y, como tengo cierta influencia sobre él, le he dicho que me había entristecido que su sobrina no fuera más amable contigo, que debería pedírselo». La cólera me ahogaba: esos ruegos y lamentos destruían todo el efecto de la gestión de Saint-Loup y me ponían directamente en entredicho ante Albertine, a quien parecía yo implorar. Para colmo de males, Françoise, que se había quedado en la antesala, estaba oyéndolo todo. Hice todos los reproches posibles a Bloch, diciéndole que en modo alguno le había hecho yo semejante encargo y que, por lo demás, no estaba en lo cierto. A partir de aquel momento, Bloch no cesó de sonreír, menos —creo yo— de alegría que de embarazo por haberme contrariado. Manifestaba su asombro riendo por haber despertado semejante cólera. Tal vez lo dijese para quitar importancia ante mí a su indiscreta gestión, tal vez porque era de carácter cobarde y vivía, alegre y perezosamente, entre mentiras, como las medusas a flor de agua, tal vez porque, aun cuando hubiese sido otra clase de hombre, los otros, al no poder situarse nunca en el mismo punto de vista que nosotros, no comprenden la importancia del daño que pueden hacernos sus palabras pronunciadas al azar. Acababa de acompañarlo hasta la puerta, al no encontrar remedio alguno para lo que había hecho, cuando volvió a sonar el timbre y Françoise me entregó una citación de la comisaría. Los padres de la niña a la que había llevado yo durante una hora a mi casa habían querido poner una denuncia contra mí por rapto de una menor. Hay momentos en la vida en que nace como una hermosura de la multiplicidad de los problemas que nos asedian, entrecruzados como motivos wagnerianos, y también de la idea, que surge entonces, de que los acontecimientos no están situados en el conjunto de reflejos mostrados en el pobre espejito que lleva ante sí la inteligencia y que ésta llama futuro, que están fuera y surgen tan bruscamente como alguien que acude a comprobar un delito flagrante. Por sí solo, un acontecimiento se modifica, ya sea porque el fracaso nos lo magnifique o la satisfacción lo reduzca, pero raras veces ocurre solo. Los sentimientos suscitados por cada uno de ellos se contraponen y el miedo es en cierta medida —como yo lo experimenté, al acudir a la comisaría— un revulsivo al menos momentáneo y bastante activo de las tristezas sentimentales. Me encontré en la comisaría con los padres, que me insultaron y me dijeron: «Nosotros no pasamos por ahí», me devolvieron los quinientos francos, que yo no quería aceptar, y el comisario, quien, al proponerse como ejemplo inimitable la facilidad de los presidentes de audiencias para las «réplicas», tomaba una palabra de cada frase que yo decía para confeccionar una respuesta ingeniosa y abrumadora. En mi inocencia ni siquiera se pensó, pues fue la única hipótesis que nadie quiso admitir ni por un momento. No obstante, dadas las dificultades para formular una acusación, me libré del apuro recibiendo sólo la bronca, extraordinariamente violenta, mientras estuvieron presentes los padres, pero, en cuanto se hubieron marchado, el comisario, al que gustaban las niñas, cambió de tono y me reprendió como un compadre: «La próxima vez, tiene usted que ser más hábil. ¡Qué caramba! Ésas no son formas de dedicarse al asunto: así, tan bruscamente, sale mal. Por lo demás, encontrará a puñados niñas mejores que ésa y mucho más baratas. Era una suma absurdamente exagerada». Como noté claramente que, si intentaba explicarle la verdad, no entendería, aproveché, sin decir palabra, el permiso que me dio para retirarme. Hasta que volví a casa, todos los transeúntes me parecieron inspectores encargados de espiar mis actos y gestos, pero ese leitmotiv, como el de la cólera contra Bloch, se esfumó y cedió el sitio exclusivamente al de la partida de Albertine. Ahora bien, éste volvía a manifestarse, pero de forma casi gozosa desde que Saint-Loup se había marchado. Desde que se había encargado de ir a ver a la Sra. Bontemps, mis sufrimientos se habían dispersado. Yo creía que era por haber actuado, lo creía de buena fe, pues nunca se sabe lo que se oculta en nuestra alma. En el fondo, lo que me hacía feliz no era haber descargado mis indecisiones en Saint-Loup, como yo creía. Por lo demás, no me equivocaba del todo; lo específico para remediar un acontecimiento desgraciado (las tres cuartas partes de los acontecimientos lo son) es una decisión, pues su efecto es el de interrumpir, mediante un trastocamiento repentino de nuestros pensamientos, la corriente de los que proceden del acontecimiento pasado y prolongan la vibración, el de quebrantarla mediante otra inversa de pensamientos contrarios, procedentes del exterior, del futuro, pero esos pensamientos nuevos nos resultan sobre todo satisfactorios (y así era en el caso de los que me asediaban en aquel momento) cuando desde el fondo de dicho futuro lo que nos aportan es una esperanza. Lo que en el fondo me hacía tan feliz era la certidumbre secreta de que, como la misión de Saint-Loup no podía fracasar, Albertine había de regresar por fuerza. Lo comprendí, pues, al no haber recibido ya el primer día respuesta de Saint-Loup, empecé a sufrir otra vez. Así, pues, mi decisión, mi concesión a él de plenos poderes, no eran la causa de mi alegría, que, de lo contrario, se habría prolongado, sino la idea de que «el éxito es seguro», que había concebido cuando decía «sea lo que Dios quiera», y la —despertada por su tardanza— de que podía ocurrir, en efecto, algo diferente del éxito me resultaba tan odiosa, que perdí la alegría. Nuestra previsión, nuestra esperanza de acontecimientos felices, es la que, en realidad, nos embarga con una alegría que atribuimos a otras causas y, si dejamos de estar tan seguros de que lo que deseamos se realizará, cesa y nos hace recaer en la pena. Siempre es esa invisible creencia la que sostiene el edificio de nuestro mundo sensible y, privado de ella, éste se tambalea. Como hemos visto, constituye para nosotros el valor o la nulidad de las personas, la embriaguez o el fastidio al verlas. Constituye también la posibilidad de soportar una pena que nos parece mediocre simplemente porque estamos convencidos de que se le va a poner fin o una brusca intensificación hasta que una presencia valga tanto —y a veces más— que nuestra propia vida. Por lo demás, una cosa acabó de devolverme al corazón, tan agudo como había sido en el primer minuto y había dejado —he de reconocerlo— de serlo. Fue la relectura de una frase en la carta de Albertine. Por mucho que amemos a las personas, el sufrimiento por perderlas —cuando con el aislamiento ya sólo nos encontramos ante aquella a quien nuestra mente da, en cierta medida, la forma que quiere— es soportable y diferente de aquel —menos humano, menos nuestro, tan imprevisto y extraño como un accidente en el mundo moral y en la zona del corazón— cuya causa son menos directamente las personas mismas que la forma de enterarnos de que no volveríamos a verlas. Yo podía pensar en Albertine, llorando dulcemente, aceptando no poder verla aquella noche como la anterior, pero releer mi decisión es irrevocable era otra cosa, era como tomar un medicamento peligroso, que me hubiese provocado un ataque cardíaco del que podía no sobrevivir. En las cosas, en los acontecimientos, en las cartas de ruptura, hay un peligro particular que amplifica y desnaturaliza el dolor mismo que las personas pueden causarnos, pero ese sufrimiento duró poco. Pese a todo, estaba yo tan seguro del éxito y la habilidad de Saint-Loup, el regreso de Albertine me pareció algo tan inexorable, que me pregunté si había tenido razón en desearlo. Sin embargo, me alegraba. Por desgracia para mí, que creía concluido el asunto de la comisaría, Françoise vino a anunciarme la llegada de un inspector para informarse de si tenía yo la costumbre de traer niñas a mi casa, que el portero, creyendo que se refería a Albertine, había respondido que sí y que, desde aquel momento, la casa parecía vigilada. Así, pues, iba a resultarme para siempre imposible mandar venir a una niña para que me consolara de mis penas, sin arriesgarme a la vergüenza de que apareciera un inspector delante de ella y me tomara por un malhechor, y al instante comprendí hasta qué punto vivimos —más de lo que creemos— para ciertos sueños, pues aquella imposibilidad de acunar nunca más a una niña me pareció privar la vida de todo valor, pero, además, comprendí hasta qué punto es lógico que las personas rechacen fácilmente la fortuna y se arriesguen a morir, cuando nos imaginamos que el interés y el miedo a la muerte son los móviles del mundo. Es que, si hubiera pensado que incluso una niña desconocida pudiese hacerse —por la llegada de un policía— una idea vergonzosa de mí, ¡cuánto más habría preferido matarme! No había siquiera comparación posible entre los dos sufrimientos. Ahora bien, en la vida las personas nunca piensan que aquellos a quienes ofrecen dinero o amenazan de muerte pueden tener una amante o incluso un amigo simplemente cuya estima les importa, aun cuando no les importe la suya propia, pero de repente —en virtud de una confusión en la que no caí (en efecto, no pensé que Albertine, por ser mayor de edad, podía vivir en mi casa e incluso ser mi amante)— me pareció que el rapto de menores podía aplicarse también a Albertine. Entonces la vida me pareció cerrada por todos lados y, al pensar en que no había vivido castamente con ella, advertí —en el castigo que se me infligía por haber acunado a una niña desconocida— la relación casi siempre existente en los castigos humanos, por la cual casi nunca se da una condena justa ni un error judicial, sino algo así como una armonía entre la idea falsa que se hace el juez de un acto inocente y los actos culpables que no ha tenido en cuenta, pero entonces, al pensar en que el regreso de Albertine podía entrañar para mí una condena infamante, que me degradaría ante ella y tal vez le causara a ella un perjuicio que no me perdonaría, dejé de desear su regreso, que me espantó. Me habría gustado telegrafiarle que no regresara y al instante me embargó el deseo apasionado de que volviera y cubrió todo lo demás. Es que, tras haber pensado por un instante en la posibilidad de decirle que no volviese y vivir sin ella, de repente me sentí, al contrario, dispuesto a sacrificar todos los viajes, todos los placeres, todos los trabajos, ¡para que Albertine volviera! ¡Ah! ¡Hasta qué punto mi amor a Albertine, cuyo destino había creído poder prever conforme al que había sentido por Gilberte, se había desarrollado en perfecto contraste con éste! ¡Cuán imposible me resultaba seguir sin verla! Y, para cada acto, incluso el más insignificante, pero que antes estaba inmerso en la atmósfera feliz que era la presencia de Albertine, debía todas las veces —con nuevo esfuerzo, con el mismo dolor— volver a empezar el aprendizaje de la separación. Además, la competencia de las otras formas de la vida rechazaba hasta la sombra ese nuevo dolor y durante aquellos días, los primeros de la primavera, tuve incluso —en espera de que Saint-Loup pudiese ver a la Sra. Bontemps e imaginando Venecia y hermosas mujeres desconocidas— algunos momentos de calma agradable. En cuanto lo advertí, sentí en mí un terror pánico. Aquella calma que acababa de disfrutar era la primera aparición de esa gran fuerza intermitente que iba a luchar en mí contra el dolor, contra el amor, y acabaría venciendo. Lo que acababa de sentir por adelantado, junto con su presagio, era por un instante sólo lo que más adelante sería en mí un estado permanente, una vida en la que ya no podría sufrir por Albertine, en la que habría dejado de amarla, y mi amor, que acababa de reconocer al único enemigo —el olvido— que podía vencerlo, se echó a temblar, como un león que en la jaula en la que lo han encerrado ha advertido de pronto la serpiente pitón que lo devorará.


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