La fugitiva

La fugitiva

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No dejaba de pensar en Albertine y, al entrar, Françoise nunca me decía con la suficiente rapidez: «No hay cartas», para abreviar mi angustia, pero de vez en cuando conseguía —haciendo pasar tal o cual corriente de ideas a través de mi pena— renovar, airear un poco, la viciada atmósfera de mi corazón. Ahora bien, por la noche, si lograba conciliar el sueño, era como si el recuerdo de Albertine hubiese sido el medicamento que me había procurado el sueño y cuya influencia, al cesar, me despertaría. Mientras dormía, pensaba todo el tiempo en Albertine. Era un sueño suyo especial que me ofrecía ella y en el que, por lo demás, ya no habría sido libre —como durante la víspera— para pensar en otra cosa. El sueño, su recuerdo, eran las dos substancias mezcladas que nos hacen tomar a la vez para dormir. Por lo demás, una vez despierto, mi sufrimiento, en lugar de disminuir, iba en aumento todos los días. No es que el olvido no llevara a cabo su labor, pero ahí mismo favorecía la idealización de la imagen añorada y con ello la asimilación de mi sufrimiento inicial a otros sufrimientos análogos, que lo reforzaban. Aun así, aquella imagen era soportable, pero, si de repente pensaba en su habitación, en que la cama seguía vacía, en su piano, en su automóvil, perdía todas las fuerzas, cerraba los ojos, inclinaba la cabeza sobre el hombro izquierdo, como quienes van a desmayarse. El ruido de las puertas me hacía casi tanto daño, porque no era ella quien las abría.


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