La fugitiva

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«¡Oh, es increíble!», me dijo mi madre. «Mira esto: a mi edad ya nada asombra, pero te aseguro que nada hay más inesperado que la noticia que me anuncia esta carta». «Pues mira», respondí yo, «no sé lo que será, pero, por asombroso que pueda ser, no lo será tanto como lo que cuenta ésta. Es una boda. Robert de Saint-Loup se casa con Gilberte Swann». «¡Ah!», me dijo mi madre. «Entonces seguramente es lo que me anuncia la otra carta, la que no he abierto aún, pues he reconocido la escritura de tu amigo». Y mi madre me sonrió con aquella ligera emoción con la que, desde que había perdido a su madre, se revestía para ella todo acontecimiento, por mínimo que fuera, que interesaba a las criaturas humanas capaces de experimentar dolor y recuerdo y que tuviesen también sus muertos. Así, mi madre me sonrió y me habló con voz dulce, como si hubiera temido —al tratar ligeramente aquella boda— desconocer las impresiones melancólicas que podía despertar en la hija y la viuda de Swann, en la madre de Robert, dispuesta a separarse de su hijo, y a las que mi madre, por bondad, por simpatía ante su bondad para conmigo, prestaba su propia emotividad filial, conyugal y materna. «¿No tenía yo razón al decirte que no encontrarías nada más asombroso?», le dije. «Pues mira, ¡sí!», respondió ella con voz dulce. «Soy yo la que tiene la noticia más extraordinaria, no te diré “la mayor, la menor”, pues esta cita de Sévigné que recuerdan todos los que sólo saben eso de ella repugnaba a tu abuela tanto como “lo hermoso que es marchitarse”. No nos dignamos recoger ese Sévigné de todo el mundo.


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