La fugitiva

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Esta carta me anuncia la boda del joven Cambremer». «¡Hombre!», dije yo con indiferencia. «¿Con quién? Pero, en todo caso, la personalidad del novio priva ya a esa boda de un carácter sensacional alguno». «¡A menos que el de la novia se lo atribuya!». «¿Y quién es esa novia?». «¡Ah! Si te lo digo en seguida, no tiene mérito. Venga, piensa un poco», me dijo mi madre, quien, al ver que aún no habíamos llegado a Turín, quería dejarme un poco de tela por cortar y guardar algo para después. «Pero ¿cómo quieres que lo sepa? ¿Es con alguien brillante? Si Legrandin y su hermana están contentos, podemos estar seguros de que es una boda brillante». «Legrandin no sé, pero la persona que me anuncia la boda dice que la Srta. de Cambremer está encantada. Yo no sé si tú la calificarías de boda brillante. A mí me da la sensación de una boda de la época en que los reyes se casaban con pastoras y, además, es que ella es menos que una zagala, pero, por lo demás, encantadora. Algo así habría dejado estupefacta a tu abuela, pero no le habría desagradado». «Pero, bueno, ¿quién es esa novia?». «Es la Srta. d’Oloron». «Parece algo grandioso y nada propio de pastora, pero no veo quién puede ser. Es un título que pertenecía a la familia de los Guermantes». «Precisamente y el Sr. de Charlus, al adoptarla, se lo ha concedido a la sobrina de Jupien. Ella es la que se casa con el joven Cambremer». «¡La sobrina de Jupien! ¡No es posible!». «Es la recompensa de la virtud. Es una boda al final de una novela de la Sra. Sand», dijo mi madre. «Es el precio del vicio, es una boda al final de una novela de Balzac», pensé yo. «Al fin y al cabo», dije a mi madre, tras reflexionar al respecto, «es bastante natural. Ya tenemos a los Cambremer anclados a ese clan de los Guermantes en el que no esperaban poder plantar jamás su tienda; además, la muchacha, adoptada por el Sr. de Charlus, tendrá mucho dinero, cosa indispensable desde que los Cambremer perdieron el suyo, y es, en una palabra, la hija adoptiva y, según los Cambremer, la verdadera —la natural— de alguien a quien consideran un príncipe de sangre. La nobleza francesa y extranjera siempre ha considerado a un bastardo de casa casi real una alianza halagüeña. Sin remontarnos siquiera a una época tan lejana de nosotros, la de las Lucinge, recordarás la boda, hace tan sólo seis meses, del amigo de Robert con esa muchacha cuya única razón de ser social era que se la suponía, con razón o sin ella, hija natural de un príncipe soberano». Mi madre, aun manteniendo el espíritu de casta de Combray, según el cual mi abuela debería haberse escandalizado de aquella boda, con el deseo ante todo de mostrar el juicio de su madre, añadió: «Por lo demás, la muchacha es perfecta y tu querida abuela no habría necesitado siquiera su inmensa bondad, su indulgencia infinita, para no mostrarse severa por la elección del joven Cambremer. ¿Recuerdas lo distinguida que le había parecido esa muchacha hace mucho, un día en que entró a que le cosiesen la falda? Entonces era una niña y ahora, pese a estar muy crecida y ser una solterona, es otra mujer, mil veces más perfecta, pero tu abuela lo había discernido de un vistazo. La sobrinita de un chalequero le pareció más “noble” que el duque de Guermantes». Pero, más aún que elogiar a mi abuela, mi madre necesitaba considerar «mejor» para ella haber desaparecido. Era la finalidad suprema de su cariño y como si la librara de una última pena. «Y, sin embargo, ¿crees tú, de todos modos», me dijo mi madre, «que Swann padre —a quien tú no conociste, cierto es— habría podido pensar que un día tendría un bisnieto o una bisnieta en los que correrían confundidas la sangre de la tía Moser, quien decía: “Puenos tías, tseñor”, y la del duque de Guisa?». «Pero fíjate, mamá, que resulta mucho más asombroso de lo que dices, pues los Swann eran personas excelentes y, si con la situación que tenía, su hijo hubiera casado bien, la hija de éste habría podido hacerlo mejor, pero todo se había venido abajo por haberse casado con una casquivana». «¡Oh! Eso de casquivana, verdad, tal vez fuera una maldad, yo nunca lo creí». «Sí, una casquivana, ya te haré revelaciones incluso… familiares otro día». Perdida en su ensueño, mi madre decía: «La hija de una mujer a la que tu padre nunca me habría permitido saludar, ¡casarse con el sobrino de la Sra. de Villeparisis, a quien tu padre no me permitía, al comienzo, ir a ver porque le parecía de una sociedad demasiado brillante para nosotros!». Y después: «El hijo de la Sra. de Cambremer, para quien Legrandin temía tanto darnos una recomendación porque no le parecíamos lo bastante elegantes, ¡casarse con la sobrina de un hombre que nunca se habría atrevido a subir a nuestra casa, salvo por la escalera de servicio…! De todos modos, tu pobre abuela tenía razón cuando decía, como recordarás, que la gran aristocracia hacía cosas que chocarían a pequeños burgueses y que la reina Marie-Amélie la había decepcionado por las insinuaciones que había hecho a la amante del príncipe de Condé para que lo instara a hacer testamento a favor del duque de Aumale. Como recordarás, estaba escandalizada de que desde hacía siglos las hijas de la casa de Gramont, que fueron unas auténticas santas, hubieran llevado el nombre de Corisande en memoria de la unión de una antepasada con Enrique IV. Son cosas que tal vez se den también en la burguesía, pero se ocultan más. ¿Crees tú que le hubiera hecho gracia a tu pobre abuela?», dijo mi madre con tristeza, pues las alegrías de las que sufríamos que mi abuela estuviese apartada eran las más sencillas de la vida: un relato, una obra de teatro, menos que eso, una «imitación» que le habrían hecho gracia. «¿Crees tú que la habría asombrado? Sin embargo, estoy segura de que habrían chocado a tu abuela esas bodas, que le habrían resultado penosas, y creo que vale más que no las haya conocido», prosiguió mi madre, pues, ante cualquier acontecimiento, gustaba de pensar que mi abuela habría tenido una impresión muy particular debida a la maravillosa singularidad de su naturaleza y que tenía una importancia extraordinaria. Ante cualquier acontecimiento triste que no se hubiera podido prever en tiempos —la desgracia o la ruina de nuestros viejos amigos, alguna calamidad pública, una epidemia, una guerra, una revolución—, mi madre decía que tal vez valía más que la abuela no hubiera visto nada de todo aquello, que le habría causado demasiado dolor, que tal vez no habría podido soportarlo, y, cuando se trataba de algo chocante como esto, mi madre —por un arranque del corazón inverso al de los perversos que se complacen en suponer que aquellos a quienes no quieren han sufrido más de lo que se cree— no quería, con su cariño a mi abuela, admitir que nada triste, que rebajara, hubiera podido ocurrirle. Se imaginaba siempre a mi abuela como por encima de los propios golpes de cualquier mal que debería haberse producido, se decía que tal vez la muerte de mi abuela hubiera sido, en una palabra, un bien, al librarla del espectáculo demasiado horrendo del tiempo presente a aquella naturaleza tan noble, que no habría sabido resignarse. Es que el optimismo es la filosofía del pasado. Como los acontecimientos sucedidos son —de todos los posibles— los únicos que conocíamos, nos parece inevitable el daño que causaron y les atribuimos el poco bien que no han podido por menos de traer consigo y no nos imaginamos que sin ellos no se habría producido. Al mismo tiempo procuraba adivinar mejor lo que mi abuela habría sentido al enterarse de aquellas noticias y creer que era imposible de adivinar para nuestras inteligencias menos elevadas que la suya. «¿Crees tú», me dijo primero mi madre, «lo mucho que a tu pobre abuela le habría asombrado?». Y yo notaba que mi madre sufría por no poder contárselo, lamentaba que mi abuela no pudiera saberlo y le parecía injusto que la vida sacara a la luz hechos que mi abuela no habría podido creer, con lo que volvía retrospectivamente falso e incompleto el conocimiento que ésta se había llevado de las personas y la sociedad, pues la boda de la muchacha Jupien con el sobrino de Legrandin era de los que habrían modificado las ideas generales de mi abuela, tanto como la noticia —si mi madre hubiera podido hacérsela llegar— de que se había logrado resolver el problema, considerado irresoluble por mi abuela, de la navegación aérea y la telegrafía sin hilo, pero, como veremos, aquel deseo de hacer compartir a mi abuela los beneficios de nuestra ciencia no tardó en parecer aún demasiado egoísta a mi madre. Lo que supe —pues, por estar en Venecia, no había podido asistir— fue que el duque de Châtellerault y el príncipe de Silistria habían pedido la mano de la Srta. de Forcheville, mientras que Saint-Loup intentaba casarse con la Srta. d’Entragues, hija del duque de Luxemburgo. Esto es lo que había ocurrido: como la Srta. de Forcheville poseía cien millones, la Sra. de Marsantes había pensado que era un matrimonio excelente para su hijo. Cometió el error de decir que aquella muchacha era encantadora, que ignoraba absolutamente si era rica o pobre, que no quería saberlo, pero que, aun sin dote, sería una suerte hasta para el joven más difícil tener una mujer semejante. Era mucha audacia para una mujer tentada sólo por los cien millones que le cerraban los ojos sobre el resto. En seguida se entendió que pensaba en ella para su hijo. La princesa de Silistria puso el grito en el cielo por doquier, se deshizo en elogios de las grandezas de Saint-Loup y clamó que, si éste se casaba con la hija de Odette y de un judío, el Faubourg Saint-Germain dejaría de existir. Entonces la Sra. de Marsantes, por segura de sí misma que estuviera, no se atrevió a llegar más lejos y se retiró ante los gritos de la princesa de Silistria, quien se apresuró a hacer la petición para su propio hijo. Había gritado tan sólo para reservarse a Gilberte. Entretanto, la Sra. de Marsantes, por no estar dispuesta a aceptar un fracaso, se había vuelto en seguida hacia la Srta. d’Entragues, hija del duque de Luxemburgo. Como sólo tenía veinte millones, ésta le convenía menos, pero dijo a todo el mundo que un Saint-Loup no podía casarse con una Srta. Swann (no había ni que pensar en llamarla De Forcheville). Algún tiempo después, como alguien dijo atolondradamente que el duque de Châtellerault pensaba casarse con la Srta. d’Entragues, la Sra. de Marsantes, más puntillosa que nadie, lo miró de arriba abajo, cambió las baterías, volvió a la carga por Gilberte, encargó la petición para Saint-Loup e inmediatamente se celebraron los esponsales.


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