La fugitiva

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Aquellos esponsales despertaron animados comentarios en las más diversas esferas. Varias amigas de mi madre, que habían visto a Saint-Loup en casa, acudieron a su «día» y se informaron sobre si el novio era efectivamente mi amigo. Algunas personas llegaban hasta el extremo de afirmar, respecto de la otra boda, que no se trataba de los Cambremer-Legrandin. Lo sabían de buena fuente, pues la marquesa, de soltera Legrandin, lo había desmentido la víspera misma del día en que se publicaron los esponsales. Yo me preguntaba, a mi vez, por qué el Sr. de Charlus, por una parte, y por otra, Saint-Loup —que habían tenido ocasión de escribirme poco antes y me habían hablado de tan amistosos proyectos de viajes, cuya realización debería haber excluido la posibilidad de aquellas ceremonias— no me habían dicho nada al respecto. Saqué la conclusión —sin pensar en el secreto que se guarda hasta el final sobre esa clase de cosas— de que yo era menos amigo suyo de lo que había creído, cosa que, por lo que a Saint-Loup se refería, me apenaba. Entonces, ¿por qué, tras haber advertido que la amabilidad, la faceta de llaneza, de «entre compañeros», de la aristocracia era una comedia, me extrañaba yo de verme exceptuado de ella? En la casa de mujeres —donde se proporcionaban cada vez más hombres— en que el Sr. de Charlus había sorprendido a Morel, la «subregente», gran lectora de Le Gaulois, comentaba las noticias mundanas, y, refiriéndose a un señor grueso que acudía a su casa a beber sin cesar champán con jóvenes, porque, aun siendo ya grueso, quería llegar a ser lo bastante obeso, para estar seguro de que no lo «cogerían», si llegaba a haber una guerra alguna vez, declaró: «Parece ser que Saint-Loup hijo “entiende” y el joven Cambremer también. ¡Pobres esposas! En todo caso, si conoce usted a esos novios, debe mandárnoslos: aquí encontrarán todo lo que quieran y se puede ganar mucho dinero con ellos». Ante lo cual el señor grueso, aunque también él «entendía», protestó, replicó —por ser un poco esnob— que veía con frecuencia a Cambremer y Saint-Loup en casa de sus primos de Ardonvillers y que eran muy aficionados a las mujeres y no «entendían». «¡Ah!», concluyó la subregente con tono escéptico, pero sin prueba alguna y convencida de que en nuestro siglo la perversidad de las costumbres rivalizaba con el absurdo calumniador de los chismes. Ciertas personas a las que no vi me escribieron y me preguntaron qué pensaba de aquellas dos bodas, exactamente como si hubieran iniciado una investigación sobre la altura de los sombreros de las mujeres en el teatro o sobre la novela psicológica. No tuve valor para responder a aquellas cartas. De aquellas dos bodas yo no pensaba nada, pero sentía una tristeza inmensa, como cuando dos partes de nuestra existencia pasada, amarradas junto a nosotros, y en las que tal vez basemos perezosamente, un día tras otro, alguna esperanza inconfesada, se alejan definitivamente, con un alegre crepitar de llamas, hacia destinos ajenos, como dos navíos. En cuanto a los propios interesados, tuvieron respecto de su propia boda una opinión muy natural, ya que no se trataba de los otros, sino de ellos. Nunca se habían cansado de burlarse de esas «grandes bodas», basadas en una tara secreta, e incluso los Cambremer, de casa tan antigua y pretensiones tan modestas, habrían sido los primeros en olvidar a Jupien y en recordar sólo las increíbles grandezas de la casa de Oloron, si no hubiese habido una excepción en la persona que debería haber sido la más halagada por aquella boda, la marquesa de Cambremer-Legrandin, pero, como era malvada por naturaleza, anteponía el placer de humillar a los suyos al de glorificarse a sí misma. Por eso, como no quería a su hijo y se apresuró a sentir tirria por su futura nuera, declaró lamentable para un Cambremer casarse con una persona que no se sabía de dónde salía, en una palabra, y tenía unos dientes tan feos. En cuanto a la propensión del joven Cambremer a frecuentar a personas de letras, como, por ejemplo, Bergotte e incluso Bloch, una alianza tan brillante no tuvo precisamente el efecto de volverlo más esnob, pero, como ahora se sentía el sucesor de los duques de Oloron, «príncipes soberanos», como decían los periódicos, estaba suficientemente convencido de su grandeza para poder relacionarse con quien fuera y abandonó a la pequeña nobleza por la burguesía inteligente, los días en que no se dedicaba a las Altezas. Aquellas notas de los periódicos, sobre todo en lo relativo a Saint-Loup, brindaron a mi amigo, cuyos antepasados reales aparecían enumerados, una grandeza nueva, pero que sólo sirvió para entristecerme, como si se hubiera vuelto alguien distinto, el descendiente de Roberto el Fuerte más que el amigo que, muy poco antes, se había quedado en el transportín del coche para que yo estuviera más cómodo al fondo; no haber sospechado de antemano su boda con Gilberte, que me había parecido de pronto, en la carta, tan diferente de lo que podía yo pensar de ellos la víspera, inopinada como un precipitado químico, me hacía sufrir, cuando, en realidad, debería haber pensado que había estado muy ocupado y que, por lo demás, en la alta sociedad con frecuencia se hacen las bodas así, de pronto, en muchos casos para substituir una combinación diferente, que ha fracasado, y la tristeza, sombría como una mudanza, amarga como unos celos, que aquellas dos bodas me causaron con la brusquedad de su carambola fue tan profunda, que más adelante me la recordaron honrándome absurdamente al respecto, como si hubiera sido lo contrario de lo que fue en su momento, un doble e incluso triple y cuádruple presentimiento.


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