La fugitiva
La fugitiva Por lo demás, un poco después fui a pasar unos días a Tansonville. Aquel desplazamiento me fastidiaba bastante, pues tenía en París una muchacha que se acostaba en el piso de soltero que había yo alquilado. Como otros el aroma del bosque o el murmurio de un lago, yo necesitaba su sueño a mi lado y, de día, tenerla siempre junto a mí, en mi coche, pues, por mucho que se olvide un amor, puede determinar la forma del que le seguirá. Ya en el amor anterior existían costumbres cotidianas, cuyo origen no recordábamos nosotros mismos; la angustia de un primer día fue la que nos hizo desear apasionadamente y después adoptar de forma fija, como las costumbres cuyo sentido hemos olvidado, aquellos regresos en coche hasta la morada misma de la amada o su residencia en la nuestra, nuestra presencia o la de alguien en quien tenemos confianza en todas esas salidas, todas esas costumbres, que son como grandes vías uniformes por las que pasa todos los días nuestro amor y que en tiempos se fundieron en el fuego volcánico de una emoción ardiente, pero esas costumbres sobreviven a la mujer e incluso a su recuerdo. Se vuelven la forma —si no de todos nuestros amores— al menos de algunos de ellos que alternan entre sí y así mi morada había exigido, como recuerdo de la Albertine olvidada, la presencia de mi amante actual, que yo ocultaba a los visitantes y que llenaba mi vida como en tiempos Albertine y, para ir a Tansonville, hube de conseguir que se dejara guardar por uno de mis amigos, a quien no gustaban las mujeres, durante unos días. Fui porque me había enterado de que Gilberte se sentía desdichada, engañada por Robert, pero no de la manera que todo el mundo creía, que tal vez ella misma creía aún, que, en cualquier caso, decía. Es que no se debe olvidar el amor propio, el deseo de engañar a los demás, de engañarse a sí mismo, el conocimiento, por lo demás imperfecto, de las traiciones, que es el de todas las personas engañadas, tanto más cuanto que Robert, como buen sobrino del Sr. de Charlus, se exhibía con mujeres a las que comprometía, a las que la alta sociedad —y, en una palabra, también Gilberte— consideraba sus amantes… En la alta sociedad consideraban incluso que no se andaba con miramientos, pues se pegaba como una lapa a determinada mujer, a quien después acompañaba hasta su casa, y dejaba a la Sra. Saint-Loup volver a casa como pudiera. Quien hubiese dicho que la otra mujer a la que comprometía así no era en realidad su amante habría pasado por ingenuo, ciego ante la evidencia, pero, por desgracia, yo fui orientado hacia la verdad, que me causó una pena infinita, gracias a algunas palabras que se le escaparon a Jupien. ¡Cuál no sería mi estupefacción cuando, habiendo ido, unos meses antes de mi marcha para Tansonville, a interesarme por el Sr. de Charlus, en quien se habían manifestado ciertos trastornos cardíacos que habían causado gran preocupación, y, estando hablando con Jupien, a quien había encontrado solo, de una correspondencia amorosa, dirigida a Robert y firmada por Bobette, que la Sra. de Saint-Loup había descubierto, me había enterado por mediación del antiguo factótum del barón de que la persona que firmaba Bobette no era otra que el violinista-cronista del que ya hemos hablado y que había desempeñado un papel bastante importante en la vida del Sr. de Charlus! Jupien no dejaba de manifestar indignación al respecto: «Ese muchacho podía actuar como quisiese, era libre, pero no debería haber mirado precisamente en una dirección: la del sobrino del barón, tanto más cuanto que éste quería a su sobrino como a un hijo; intentó desunir el matrimonio: es vergonzoso. Y tuvo que recurrir a astucias diabólicas para ello, pues nadie era más opuesto por naturaleza a esas cosas que el marqués de Saint-Loup. ¡La de locuras que ha hecho por sus amantes! No, que ese miserable músico dejara al barón como lo dejó, indecentemente, era asunto suyo, eso desde luego, pero ¡volverse hacia el sobrino! Hay cosas que no se hacen». Jupien era sincero en su indignación; en las llamadas personas inmorales, las indignaciones morales son tan fuertes como en las demás y sólo cambian un poco de objeto. Además, las personas cuyo corazón no está directamente afectado, al juzgar siempre las relaciones que evitar, los malos matrimonios, como si fuéramos libres de elegir a quien amamos, no tienen en cuenta el delicioso espejismo que el amor proyecta y que envuelve tan entera y únicamente a la persona de la que estamos enamorados, que la «tontería» de un hombre, al casarse con una cocinera o la amante de su mejor amigo, es en general el único acto poético de toda su existencia. Comprendí que había estado a punto de producirse una separación entre Robert y su mujer (sin que Gilberte se diera aún cuenta bien de qué se trataba) y había sido la Sra. de Marsantes, madre amante, ambiciosa y filósofa, la que había arreglado e impuesto la reconciliación. Formaba parte de esos medios en los que la mezcla de sangres que van cruzándose sin cesar y el empobrecimiento de los patrimonios hacen florecer de nuevo en todo momento —en la esfera de las pasiones, como en la de los intereses— los vicios y los compromisos hereditarios. Con la misma energía había protegido en tiempos a la Sra. Swann y la boda de la hija de Jupien y había arreglado la boda de su propio hijo con Gilberte, con lo que recurría para sí misma, con una resignación dolorosa, a esa misma energía atávica con la que beneficiaba a todo el Faubourg y tal vez sólo hubiera arreglado aprisa y corriendo la boda de Robert con Gilberte —cosa que, desde luego, le había costado menos esfuerzo y llanto que hacerlo romper con Rachel— por miedo a que comenzara con otra casquivana —o tal vez con la misma, pues Robert tardó mucho en olvidar a Rachel— un nuevo lío que tal vez habría sido su salvación. Ahora entendía yo lo que Robert había querido decirme en casa de la princesa de Guermantes: «Es una lástima que tu queridita de Balbec no tenga la fortuna exigida por mi madre, creo que nos habríamos entendido muy bien los dos». Había querido decir que ella era de Gomorra como él de Sodoma o tal vez, si aún no lo era, ya sólo disfrutaba con las mujeres a las que podía amar de cierta manera y junto con otras mujeres. Así, pues, si no hubiese perdido yo, salvo en regresos poco frecuentes al pasado, la curiosidad por saberlo todo de mi amiga, habría podido preguntar sobre ella no sólo a Gilberte, sino también a su marido. Y, en resumidas cuentas, el deseo de Robert y mío de casarnos con Albertine se debía a lo mismo (a saber: a que le gustaban las mujeres), pero las causas de nuestro deseo, como sus objetivos, eran opuestas. En mi caso, era por la desesperación en que me había sumido enterarme; en el de Robert, por la satisfacción; en el mío, para impedirle, gracias a una vigilancia perpetua, entregarse a su inclinación; en el de Robert, para cultivarla y por la libertad que le dejaría para que le trajera a amigas. Si bien Jupien hacía, así, remontarse a muy poco antes la nueva orientación, tan divergente de la primitiva, que habían adoptado los gustos carnales de Robert, una conversación con Aimé que me hizo sentirme muy mal me mostró que el antiguo jefe de comedor de Balbec hacía remontar aquella divergencia, aquella inversión, a una época muy anterior. La oportunidad para dicha conversación había sido una temporada que había ido yo a pasar a Balbec, donde el propio Saint-Loup, quien disfrutaba de un largo permiso, había ido con su mujer, de la que, en aquella primera fase, no se separaba ni un instante. Yo admiraba que la influencia de Rachel siguiera dejándose sentir en Robert. Sólo un joven casado que ha tenido durante mucho tiempo una amante sabe quitar el abrigo a su mujer antes de entrar en un restaurante, tener con ella las atenciones que conviene. Durante su relación ha recibido la instrucción que debe tener un buen marido. No lejos de él, en una mesa vecina a la mía, Bloch, rodeado de jóvenes universitarios presuntuosos, adoptaba modales falsamente desenvueltos y gritaba muy fuerte a uno de sus amigos, al tiempo que le pasaba con ostentación el menú con un gesto que derribó dos botellas de agua: «No, no, querido, ¡pida usted! En mi vida he sabido componer un menú. ¡Nunca he sabido pedir!», repitió con un orgullo poco sincero y, mezclando la literatura con la gula, se mostró al instante partidario de pedir una botella de champán, que le gustaba ver «de forma totalmente simbólica» adornando una charla. Por su parte, Saint-Loup sí que sabía pedir. Estaba sentado junto a Gilberte, ya embarazada (después no iba a cesar de hacerle hijos), así como se acostaba junto a ella en su cama común del hotel. Sólo hablaba a su mujer, el resto del hotel no parecía existir para él, pero, en cuanto un camarero se situaba muy cerca de él para tomar un pedido, alzaba rápidamente sus claros ojos y le lanzaba una mirada que no duraba más de dos segundos, pero, con su límpida clarividencia, parecía manifestar un tipo de curiosidades y búsquedas enteramente distinto del que habría podido animar a cualquier cliente que mirara, incluso largo rato, a un botones o a un camarero para hacer comentarios humorísticos o de otra índole sobre él, que comunicaría a sus amigos. Aquella mirada breve, desinteresada, señal de que el camarero le interesaba en sí mismo, revelaba a quienes lo hubieran observado que aquel marido excelente, aquel amante en tiempos apasionado de Rachel, tenía en su vida otro plan, infinitamente más interesante para él que aquel en el que se movía por obligación, pero sólo se lo veía en este último. Sus ojos ya habían vuelto a dirigirse a Gilberte, quien no había visto nada; él le presentaba a un amigo de paso y se iba de paseo con ella. Ahora bien, Aimé me habló en aquel momento de una época muy anterior, aquella en que yo había conocido a Saint-Loup por mediación de la Sra. de Villeparisis, en aquel mismo Balbec.