La fugitiva

La fugitiva

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«Que sí, señor mío», me dijo, «es algo archisabido, hace mucho que yo lo sé. El primer año en que el señor estuvo en Balbec, el señor marqués se encerró con mi ascensorista con el pretexto de revelar unas fotografías de la señora abuela del señor. El muchacho quería quejarse, nos costó Dios y ayuda echar tierra sobre el asunto y, mire, el señor recordará seguramente aquel día en que vino a almorzar en el restaurante con el señor marqués de Saint-Loup y su amante, quien servía de tapadera al señor marqués. El señor recordará seguramente que el señor marqués se marchó con el pretexto de un ataque de cólera. Desde luego, no quiero decir que la señora tuviese razón, pues se las hacía pasar de lo más crueles, pero aquel día la cólera del señor marqués era —no me quitarán de la cabeza la idea— fingida y necesitaba alejar al señor y a la señora». Al menos sobre lo sucedido aquel día sé perfectamente que, si bien Aimé no mentía a conciencia, se equivocaba de medio a medio. Yo recordaba más que de sobra el estado en que se encontraba Robert, la bofetada que había dado al periodista y, por lo demás, lo mismo se podía decir de lo sucedido en Balbec: o el ascensorista había mentido o era Aimé quien mentía. Al menos así lo creí; certidumbre no podía tener yo: sólo vemos siempre una faceta de las cosas y, si no me hubiera causado pena, me habría parecido hermoso en cierto modo que, mientras que para mí la carrera del ascensorista hasta la casa de Saint-Loup había sido el medio cómodo para mandarle una carta y recibir su respuesta, para él había sido el de conocer a alguien que le había gustado. En efecto, las cosas son como mínimo dobles. Sobre el acto más insignificante que hacemos otro hombre empalma una serie de actos enteramente distintos. Desde luego, la aventura de Saint-Loup y el ascensorista, si llegó a ocurrir, me parecía tan poco vinculada al trivial envío de mi carta como prever podría el preludio de Tristán alguien que no conociera de Wagner otra cosa que el dúo de Lohengrin. Cierto es que para los hombres las cosas ofrecen tan sólo un número limitado de sus innumerables atributos, dada la pobreza de sus sentidos. Tienen colores porque estamos dotados de ojos; ¿cuántos otros epítetos no merecerían, si tuviéramos centenares de sentidos? Pero ese aspecto diferente que podrían tener nos resulta fácil de comprender gracias a lo que en la vida es un acontecimiento mínimo incluso, del que conocemos una parte que creemos el todo y que otro contempla como por una ventana abierta en el otro lado de la casa y que da a otra vista. En el caso de que Aimé no se hubiera equivocado, el rubor de Saint-Loup, cuando Bloch le había hablado del ascensorista, tal vez no se debiese sólo a que éste pronunciara «laift», pero yo estaba convencido de que la evolución fisiológica de Saint-Loup no había comenzado en aquella época y de que entonces aún le gustaban sólo las mujeres. Pude discernirlo retrospectivamente —más que por ninguna otra señal— por la amistad que Saint-Loup me había demostrado en Balbec. No es que, mientras le gustaron las mujeres, fuera en verdad capaz de profesar amistad. Más adelante, al menos durante algún tiempo, manifestaba a los hombres que no le interesaban directamente una indiferencia sincera —creo yo— en parte, pues se había vuelto muy seco, y que exageraba también para hacer creer que sólo prestaba atención a las mujeres, pero, de todos modos, recuerdo que un día en Doncières en que iba yo a cenar en casa de los Verdurin y él acababa de mirar de forma un poco prolongada a Charlie, me había dicho: «Es curioso, ese chico, tiene semejanzas con Rachel. ¿No te llama la atención? Me parecen idénticas. En cualquier caso, no puede interesarme». Y, aun así, sus ojos habían permanecido después perdidos largo rato en el horizonte, como cuando pensamos, antes de reanudar una partida de cartas o salir a cenar en un restaurante, en uno de esos viajes lejanos que nunca —estamos convencidos— haremos, pero cuya nostalgia hemos sentido por un instante. Ahora bien, si Robert encontraba algo de Rachel en Charlie, Gilberte, por su parte, procuraba tener algo de Rachel para gustar a su marido, se ponía, como ella, lazos de seda escarlata, rosa o amarilla en el pelo, se peinaba igual, pues creía que su marido seguía amándola y se sentía celosa. Que el amor de Robert hubiera rayado a veces en los confines que separan el amor de un hombre a una mujer del de un hombre a un hombre era posible. En todo caso, el recuerdo de Rachel ya sólo desempeñaba al respecto un papel estético. Ni siquiera es probable que hubiese podido desempeñar otros. Un día, Robert había ido a pedirle que se vistiera de hombre y se dejara colgar un largo mechón y, sin embargo, se había contentado con mirarla, insatisfecho. No por ello se sentía menos apegado a ella y le pasaba escrupulosamente, pero sin gusto, la enorme renta que le había prometido y que no le impidió a ella tener para con él más adelante gestos de lo más feos. Gilberte no habría sufrido por aquella generosidad para con Rachel, si hubiese sabido que era tan sólo el cumplimiento resignado de una promesa a la que ya no correspondía amor alguno, pero, en cambio, amor es lo que él fingía sentir por Rachel. Los homosexuales serían los mejores maridos del mundo, si no hicieran la comedia de que les gustan las mujeres. Por lo demás, Gilberte no se quejaba. Por haber creído que Robert había sido amado y durante tanto tiempo por Rachel era por lo que lo había deseado, por lo que había renunciado por él a partidos mejores; parecía hacerle como una concesión al casarse con ella. Y, de hecho, durante los primeros tiempos hizo comparaciones entre las dos mujeres (pese a ser tan diferentes en cuanto a encanto y belleza) que no favorecieron a la deliciosa Gilberte, pero después ésta se granjeó más la estima de su marido, mientras que Rachel la perdía a ojos vista. Otra persona se desdijo: fue la Sra. Swann. Si bien, para Gilberte, Robert, antes del matrimonio, estaba rodeado de la doble aureola que le creaban, por una parte, su vida con Rachel, perpetuamente denunciada por las lamentaciones de la Sra. de Marsantes, y, por otra, el prestigio que los Guermantes habían atribuido siempre a su padre y que había heredado de él, la Sra. de Forcheville, en cambio, habría preferido una boda más brillante, tal vez principesca (había familias reales pobres que habrían aceptado el dinero —que, por lo demás, resultó ser muy inferior a los ochenta millones prometidos—, limpiado como había quedado por el nombre de Forcheville) y un yerno menos desacreditado por una vida pasada lejos de la alta sociedad. No había podido vencer la voluntad de Gilberte, se había quejado amargamente a todo el mundo y denigraba al yerno. Un buen día, todo había cambiado y el yerno había pasado a ser un ángel: ya sólo se burlaban de él a hurtadillas. Es que la edad había dejado a la Sra. Swann (que había pasado a ser la Sra. de Forcheville) la inclinación que siempre había sentido a ser una mantenida, pero, con la deserción de los admiradores, le había retirado los medios para ello. Todos los días deseaba un nuevo collar, un nuevo vestido briscado con brillantes, un automóvil más lujoso, pero tenía poca fortuna, pues Forcheville se lo había comido casi todo, y tenía una hija adorable, pero —¿qué ascendiente israelita regiría a Gilberte al respecto?— atrozmente avara, que escatimaba el dinero a su marido y, naturalmente, mucho más a su madre. Ahora bien, de repente había presentido al protector —y después lo había encontrado— en Robert. Que ya no estuviese en su primera juventud tenía poca importancia para un yerno al que no gustaban las mujeres. Lo único que pedía a su suegra era que allanara tal o cual dificultad entre Gilberte y él, obtuviese de ella el consentimiento para hacer un viaje con Morel. En cuanto Odette se había ocupado de ello, un magnífico rubí la recompensaba. Para ello, era necesario que Gilberte fuese más generosa con su marido. Odette se lo recomendaba tanto más encarecidamente cuanto que era ella la que iba a beneficiarse de la generosidad. Así, gracias a Robert, podía —al borde de los cincuenta (algunos decían de los sesenta)— deslumbrar a todas las mesas en las que iba a cenar, todas las veladas en las que aparecía, con un lujo increíble y sin necesitar, como en otro tiempo, a un «amigo», que a aquellas alturas ya no habría apoquinado ni tragado siquiera. Por eso, había entrado —para siempre, parecía— en el período de la castidad final y nunca había estado más elegante.


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