La fugitiva
La fugitiva No habÃa sido sólo la maldad, el rencor del antiguo pobre contra el amo que lo ha enriquecido y, por lo demás, le ha hecho sentir (era propio del carácter y, más aún, del vocabulario del Sr. de Charlus) la diferencia de sus condiciones, lo que habÃa movido a Charlie a aproximarse a Saint-Loup para hacer sufrir aún más al barón. Tal vez fuera también por interés. Yo tuve la impresión de que Robert debÃa de darle mucho dinero. En una velada en la que me habÃa encontrado con Robert antes de partir para Combray y en la que su forma de exhibirse junto a una mujer elegante que pasaba por ser su amante, de pegarse a ella, de formar una sola persona con ella, envuelto en público en sus faldas, me hacÃa pensar, con más nerviosismo, con más sobresalto, en algo asà como una repetición involuntaria de un gesto ancestral que habÃa yo podido observar en el Sr. de Charlus, envuelto —podrÃamos decir— en los atavÃos de la Sra. Molé o de otra, estandarte de una causa ginófila que no era la suya, pero que le gustaba —aunque sin derecho a hacerlo— ostentar asÃ, ya fuera porque le pareciese protectora o estética, me habÃa llamado la atención, al regreso, lo ahorrativo que se habÃa vuelto aquel muchacho, tan generoso cuando era menos rico. Que se sienta apego por lo que se posee y que alguien que sembraba el escaso oro que tenÃa atesore aquel del que carece es seguramente un fenómeno bastante general, pero que, aun asÃ, me pareció cobrar en aquel caso una forma más particular. Saint-Loup se negó a tomar un coche de caballos y vi que habÃa conservado un volante de trasbordo del tranvÃa. Seguramente asà desplegaba Saint-Loup —para fines diferentes— talentos que habÃa adquirido durante su relación con Rachel. Un joven que ha vivido mucho tiempo con una mujer no es tan inexperto como aquel para quien aquella con la que se casa es la primera. Bastaba con ver —las escasas veces en que Robert llevó a su mujer a almorzar en un restaurante— la destreza y el respeto con los que le quitaba el abrigo, su arte para pedir la cena y dar instrucciones a los camareros, la atención con la que le alisaba las mangas antes de que Gilberte volviera a ponerse la chaqueta, para comprender que habÃa sido durante mucho tiempo el amante de otra mujer antes de ser su marido. Paralelamente, como habÃa tenido que ocuparse hasta en los detalles más minuciosos del gobierno de la casa de Rachel, porque, por una parte, ésta no entendÃa nada al respecto y, además, porque, por celos, querÃa llevar la voz cantante en relación con los sirvientes, pudo continuar —en la administración de los bienes de su mujer y el mantenimiento de la casa— con aquel papel hábilmente desempeñado, para el que tal vez Gilberte no habrÃa valido y que ésta le cedÃa con gusto, pero seguramente lo hacÃa sobre todo para beneficiar a Charlie con las menores economÃas de chicha y nabo, manteniéndolo, en una palabra, magnÃficamente sin que Gilberte lo advirtiera ni sufriese por ello. Tal vez considerara incluso al violinista derrochador «como todos los artistas» (asà se calificaba Charlie a sà mismo sin convicción y sin orgullo para disculparse de no responder a las cartas y de una multitud de defectos semejantes que, según creÃa, formaban parte de la psicologÃa indiscutida de los artistas). Personalmente, a mà me parecÃa absolutamente indiferente, desde el punto de vista moral, que se experimentara el placer junto a un hombre o a una mujer y más que natural y humano que se lo buscara allà donde se podÃa encontrarlo. AsÃ, pues, si Robert no hubiera estado casado, su relación con Charlie no deberÃa haberme causado pena alguna y, sin embargo, tenÃa yo la sensación enteramente de que la que sentÃa habrÃa sido igualmente intensa, si Robert hubiese permanecido soltero. En cualquier otro me habrÃa resultado indiferente lo que hiciera, pero lloraba pensando que en tiempos habÃa sentido por un Saint-Loup distinto un afecto tan grande y que él —lo notaba perfectamente en sus nuevos modales frÃos y evasivos— ya no me devolvÃa, pues los hombres, desde que habÃan pasado a ser posibles objetos de deseo, ya no podÃan inspirarle amistad. ¿Cómo habÃa podido suceder aquello en un muchacho al que tanto habÃan gustado las mujeres, a quien yo habÃa visto desesperado, hasta temer que se matara, porque «Rachel cuando del Señor» habÃa querido dejarlo? ¿HabrÃa sido la semejanza entre Charlie y Rachel —invisible para m× el trampolÃn que habÃa permitido a Robert pasar de los gustos de su padre a los de su tÃo a fin de consumar la evolución psicológica que incluso en este último se habÃa producido bastante tarde? Sin embargo, a veces las palabras de Aimé me volvÃan a la cabeza y me inquietaban; recordaba a Robert aquel año en Balbec: tenÃa una forma de hablar con el ascensorista, sin prestarle atención, que me recordaba mucho a la del Sr. de Charlus, cuando dirigÃa la palabra a ciertos hombres, pero a Robert podÃa venirle perfectamente del Sr. de Charlus, de cierta altivez y actitud fÃsica de los Guermantes, y no de los gustos especiales del barón. AsÃ, el duque de Guermantes, quien en modo alguno sentÃa esas inclinaciones, tenÃa la misma forma nerviosa que el Sr. de Charlus de girar la muñeca, como si crispara en torno a ella un puño de encaje, y también en la voz entonaciones agudas y afectadas, modales, todos ellos, a los que en el Sr. de Charlus habrÃamos sentido la tentación de atribuir otro significado, a los que él mismo se lo habÃa atribuido, pues el individuo expresa sus particularidades con ayuda de los rasgos impersonales y atávicos que tal vez no sean, por lo demás, sino particularidades antiguas y fijadas en el gesto y la voz. Según esta última hipótesis, rayana en la historia natural, no habrÃa sido al Sr. de Charlus al que se habrÃa podido llamar un Guermantes afectado por una tara y que la expresaba en parte con ayuda de los rasgos de la raza de los Guermantes, sino que el duque de Guermantes serÃa en una familia pervertida el ser excepcional que se ha librado hasta tal punto del mal hereditario, que los estigmas exteriores que ha dejado en él pierden todo sentido. Recordé que el primer dÃa en que habÃa visto a Saint-Loup en Balbec, tan rubio, con una materia tan preciosa y poco común, amanerado, mientras hacÃa volar su monóculo delante de él, me habÃa dado una impresión de afeminamiento, que no era, desde luego, consecuencia de aquello de lo que ahora me habÃa enterado a su respecto, sino de la gracia particular de los Guermantes, la finura de esa porcelana de Sajonia con la que también estaba modelada la duquesa. Recordaba también su afecto por mÃ, su forma tierna, sentimental, de expresarlo y me decÃa que también eso, que habrÃa podido engañar a otro, significaba entonces algo muy diferente, todo lo contrario incluso, de aquello de lo que ahora me habÃa enterado, pero ¿de cuándo databa? Si correspondÃa al año en que yo habÃa regresado a Balbec, ¿cómo es que no habÃa venido ni una sola vez a ver al ascensorista ni me habÃa hablado nunca de él? Y, en cuanto al primer año, ¿cómo habrÃa podido prestarle atención, estando, como estaba, apasionadamente enamorado de Rachel? Aquel primer año, Saint-Loup me habÃa parecido peculiar, como lo eran los verdaderos Guermantes. Ahora bien, lo era aún más de lo que yo habÃa creÃdo, pero aquello de lo que no hemos tenido una intuición directa, lo que hemos sabido por otros, ya no tenemos medio alguno —pues ha pasado ya el momento— para hacerlo saber a nuestra alma; sus vÃas de comunicación con la realidad están clausuradas; por eso, no podemos disfrutar de su descubrimiento, es demasiado tarde. Por lo demás, aquél me causaba, de todos modos, demasiada pena para poder disfrutarla intelectualmente. Después de lo que me habÃa dicho el Sr. de Charlus en casa de la Sra. Verdurin en ParÃs, yo ya no dudaba, desde luego, que el caso de Robert era el de una multitud de hombres honestos e incluso de los más inteligentes y mejores. Enterarme en relación con cualquiera me habrÃa resultado indiferente, exceptuado Robert. La duda que me infundÃan las palabras de Aimé empañaba toda nuestra amistad de Balbec y de Doncières y, aunque yo no creÃa en la amistad ni en haberla sentido de verdad nunca por Robert, al volver a pensar en aquellas historias del ascensorista y del restaurante en el que habÃa almorzado con Saint-Loup y Rachel, me veÃa obligado a hacer un esfuerzo para no llorar.