La fugitiva

La fugitiva

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Por lo demás, no tendría por qué abordar aquella estancia mía cerca de Combray y que tal vez fuera el momento de mi vida en que menos pensé en Combray, si, precisamente por eso, no hubiese aportado una verificación, al menos provisional, a ciertas ideas que se me habían ocurrido primero por la parte de Guermantes y una verificación también a otras que se me habían ocurrido por la de Méséglise. Todas las noches reanudaba, en otro sentido, los paseos que dábamos en Combray, por la tarde, cuando nos dirigíamos a la parte de Méséglise. Ahora cenábamos en Tansonville a una hora en la que en tiempos llevábamos ya largo rato durmiendo en Combray y, como era la estación calurosa y, además, por la tarde Gilberte pintaba en la capilla del castillo, no salíamos de paseo hasta dos horas antes de la cena. Al placer que en tiempos representaba ver, al regresar, el cielo de púrpura enmarcar el Calvario o bañarnos en el Vivonne, sucedía el de partir, llegada la noche, cuando ya no encontrábamos en el pueblo sino el triángulo azulino, irregular y en movimiento de las ovejas que volvían. En una mitad de los campos estaba apagándose el ocaso; por encima de la otra estaba ya encendida la luna que no tardaría en bañarlos todos. A veces Gilberte me dejaba partir sin ella y yo avanzaba, dejando mi sombra tras mí, como una barca que persigue su navegación por las extensiones encantadas; la mayoría de las veces me acompañaba. Los paseos que dábamos así eran con mucha frecuencia los que daba yo en tiempos, de niño: ahora bien, ¿cómo no había de experimentar mucho más intensamente aún que en tiempos por la parte de Guermantes la sensación de que nunca sería capaz de escribir, a la que se sumaba la de que mi imaginación y mi sensibilidad se habían debilitado, cuando vi la poca curiosidad que sentía por Combray? Me sentía contrariado al ver lo poco que revivía de mis años de otro tiempo. El Vivonne me parecía un simple riachuelo feo al borde del camino de sirga. No es que advirtiera yo inexactitudes materiales importantes en lo que recordaba, pero, separado de los lugares que atravesaba de nuevo por toda una vida diferente, no había entre ellos y yo esa contigüidad de la que nace —antes incluso de que lo hayamos notado— la inmediata, deliciosa y total deflagración del recuerdo. Al no comprender bien seguramente cuál era su naturaleza, me entristecía pensar que mi facultad de sentir e imaginar debía de haber disminuido para que no sintiese ya placer en aquellos paseos. La propia Gilberte, que me entendía aún peor que yo mismo, aumentaba mi tristeza al compartir mi asombro. «¡Cómo! ¿No te hace sentir nada?», me decía, «¿caminar por este repecho por el que subías en tiempos?». Y ella misma había cambiado tanto, que ya no me parecía hermosa, ya no lo era en modo alguno. Mientras caminábamos, veía yo cambiar el país, había que trepar por laderas y después bajar pendientes. Gilberte y yo íbamos charlando, cosa que me resultaba muy agradable: no sin dificultad, sin embargo. En tantas personas hay diversas capas que no son iguales, el carácter de su padre, el carácter de su madre; atravesamos una y después la otra, pero el día siguiente el orden de superposición está invertido y al final no sabemos quién deslindará las partes, de quién podemos confiar para la sentencia. Gilberte era como esos países con los que no nos atrevemos a hacer alianzas, porque cambian de gobierno con demasiada frecuencia, pero, en el fondo, es un error. Por discontinua que sea la vida de una persona, su memoria establece en ella algo así como una identidad y hace que no quiera incumplir promesas que recuerda, aun cuando no las haya refrendado. En cuanto a la inteligencia, era en Gilberte —junto con algunas ideas absurdas de su madre— muy viva, pero recuerdo que en aquellas conversaciones que teníamos mientras paseábamos, varias veces me asombró mucho, cosa que nada tiene que ver con su valor intrínseco. Una, la primera, al decirme: «Si no tuvieras demasiada hambre y no fuese tan tarde, tomando este camino a la izquierda y torciendo después a la derecha, en menos de un cuarto de hora estaríamos en Guermantes». Es como si me hubiera dicho: «Tuerce a la izquierda y después a mano derecha y tocarás lo intangible, alcanzarás las intangibles lejanías de las que en la Tierra sólo conocemos la dirección» —lo que yo habría creído en tiempos que podría conocer sólo de Guermantes y tal vez, en cierto sentido, no me equivocara—, «la parte». Otro de mis asombros fue el de ver «las fuentes del Vivonne», que me imaginaba como algo tan extraterrestre como la entrada en los Infiernos y no eran sino algo así como un lavadero cuadrado hasta el que subían burbujas. Y la tercera vez fue cuando Gilberte me dijo: «Si quieres, podemos, de todos modos, salir una tarde e ir a Guermantes, pasando por Méséglise: es el trayecto más bonito», frase que, al trastornar todas las ideas de mi infancia, me informó de que las dos partes no eran tan irreconciliables como yo había creído, pero lo que más me impresionó fue lo poco que reviví, durante aquella estancia, mis años de otro tiempo, lo poco que deseé volver a ver Combray, lo pequeño y feo que me pareció el Vivonne. Ahora bien, cuando ella verificó para mí imaginaciones que había tenido yo por la parte de Méséglise, fue durante uno de aquellos paseos, en resumidas cuentas, nocturnos, aunque los diéramos antes de la cena… pero ¡es que ella cenaba tan tarde! En el momento de bajar hasta el misterio de un valle perfecto y profundo tapizado por la luz de la luna, nos detuvimos un instante, como dos insectos que van a hundirse en el corazón de un cáliz azulado. Gilberte pronunció entonces —tal vez simplemente por amabilidad de anfitriona que lamenta nuestra próxima partida y a la que habría gustado hacernos mejor los honores de ese país que parecemos apreciar— esa clase de palabras con las que su habilidad de mujer mundana que sabe sacar partido del silencio, de la sencillez, de la sobriedad en la expresión de los sentimientos, nos hace creer que ocupamos en su vida un lugar que nadie podría ocupar. Derramando bruscamente sobre ella la ternura con que me embargaba el aire delicioso, la brisa que respirábamos, le dije: «El otro día hablabas de ese repecho. ¡Cómo te amaba yo entonces!». Me respondió: «¿Y por qué no me lo decías? No lo sospeché. Yo te amaba, ¡e incluso una vez te me insinué!». «Pero ¿cuándo?». «La primera vez en Tansonville, estabas paseando con tu familia y yo volvía a casa, nunca había conocido a un niño más guapo. Tenía la costumbre», añadió con expresión vaga y púdica, «de ir a jugar con unos amiguitos en las ruinas del torreón de Roussainville y me dirás que era una maleducada, pues allí dentro había niñas y niños de toda clase que aprovechaban la obscuridad. El monaguillo de la iglesia de Combray, Théodore, que era —debo reconocerlo— muy majo (¡Dios mío, qué bien estaba!) y que se ha vuelto tan feo (ahora es farmacéutico en Méséglise), se divertía allí con todas las campesinitas de los alrededores. Como me dejaban salir sola, en cuanto podía escaparme, corría hasta allí. No te puedo explicar cómo me habría gustado verte venir allí; recuerdo muy bien que, como sólo disponía de un minuto para hacerte comprender lo que deseaba, a riesgo de que me vieran tus padres y los míos, te lo indiqué de forma tan directa, que ahora siento vergüenza, pero me lanzaste una mirada tan dura, que comprendí que no querías». Y de repente pensé que la verdadera Gilberte, la verdadera Albertine, tal vez fuesen las que se habían entregado en el primer instante con su mirada: una delante del seto de majuelos y la otra en la playa. Y había sido yo quien, al no haber sabido entenderlo, al no haberlo recobrado hasta más tarde en mi memoria, después de un lapso en el que mediante mis conversaciones todo un intervalo de sentimiento las había hecho temer mostrarse tan francas como en el primer minuto, yo lo había estropeado todo con mi torpeza. Las había «dejado escapar» más completamente —aunque, a decir verdad, el fracaso relativo con ellas fue menos absurdo— por las mismas razones que Saint-Loup a Rachel. «Y la segunda vez», prosiguió Gilberte, «fue muchos años después, cuando me encontré contigo bajo tu puerta, la víspera del día en que te volví a ver en casa de mi tía Oriane; no te reconocí en seguida o, mejor dicho, te reconocía sin saberlo, ya que sentía el mismo deseo que en Tansonville». «Sin embargo, en el intervalo había habido lo de los Campos Elíseos». «Sí, pero entonces me amabas demasiado, yo sentía una inquisición sobre todo lo que hacía». No se me ocurrió preguntarle quién era aquel joven con el que bajaba ella por la avenida de los Campos Elíseos, el día en que había yo salido para ir a verla, en el que me habría reconciliado con ella, mientras aún estaba a tiempo, aquel día que tal vez habría cambiado toda mi vida, si no me hubiera encontrado con las dos sombras que caminaban una junto a otra en el crepúsculo. Si se lo hubiera preguntado, tal vez me habría dicho la verdad, como Albertine, si hubiese resucitado. Y, en efecto, ¿acaso no hay entre las mujeres a las que hemos dejado de amar —y a las que nos encontramos al cabo de los años— y nosotros la muerte, exactamente como si ya no fueran de este mundo, ya que el hecho de que nuestro amor haya dejado de existir convierte a las que eran entonces o a quienes éramos nosotros en unos muertos? Puede también que no lo hubiese recordado o hubiera mentido. En todo caso, carecía ya de interés para mí saberlo, porque mi corazón había cambiado aún más que el rostro de Gilberte. Éste ya no me gustaba precisamente, pero sobre todo ya no me sentía desdichado, no habría podido concebir, si hubiera vuelto a pensarlo, que hubiese podido sentirme así tanto al encontrarme a Gilberte caminando despacito junto a un joven, que hubiera podido pensar: «Se acabó, renuncio a verla para siempre». Del estado de ánimo que, aquel año lejano, había sido para mí una pura y larga tortura nada subsistía. Es que en este mundo, en el que todo se desgasta, todo perece, hay algo que cae en ruinas, que se destruye aún más completamente y deja aún menos vestigios que la belleza: la pena.


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