La fugitiva
La fugitiva Sin embargo, si bien no me parece extraño que no le preguntara entonces con quién bajaba por los Campos Elíseos, pues ya había yo visto demasiados ejemplos de esa falta de curiosidad que se debe al paso del tiempo, sí que me lo parece un poco no haber contado a Gilberte que, antes de encontrármela aquel día, había vendido un jarrón de porcelana antigua de China para comprarle flores. En efecto, mi único consuelo, durante los tiempos tan tristes que habían seguido, había sido el de pensar que un día podría contarle sin peligro aquella intención tan tierna. Más de un año después, si veía yo que un coche iba a chocar con el mío, mi único deseo de no morir era para poder contárselo a Gilberte. Me consolaba diciendo: «No nos apresuremos, tengo toda la vida por delante para eso». Y, por esa razón, deseaba no perder la vida. Ahora me habría parecido poco agradable, casi ridículo, y «alentador» decirlo. «Por lo demás», continuó Gilberte, «incluso el día en que me encontré contigo bajo tu puerta, seguías siendo enteramente el mismo que en Combray. ¡Si supieras qué poco habías cambiado!». Volví a ver a Gilberte en mi memoria. Habría podido dibujar el cuadrilátero de luz que el sol formaba bajo los majuelos, la laya que la niña sostenía en la mano, la larga mirada que se clavó en mí. Sólo, que, por el gesto grosero que la acompañaba, había creído yo que era una mirada de desprecio, porque lo que yo deseaba me parecía algo que las niñas no conocían y sólo hacían en mi imaginación, durante mis horas de deseo solitario. Menos aún habría creído que una de ellas hubiera tenido —tan fácil, tan rápidamente, casi ante los ojos de mi abuelo— la audacia de representarlo.