La fugitiva
La fugitiva Por eso, tuve que dar, a tantos años de distancia, un retoque a una imagen que recordaba tan bien, operación que me hizo bastante feliz, al mostrarme que el abismo infranqueable existente —había creído entonces— entre cierto tipo de niñas de pelo dorado y yo era tan imaginario como el abismo de Pascal y que me pareció poética por la larga serie de años a cuyo término había que realizarla. Tuve un sobresalto de deseo y de añoranza, al pensar en los subterráneos de Roussainville, y, sin embargo, me sentía feliz, al decirme que aquella felicidad hacia la que se orientaban todas mis fuerzas entonces, y que ya nada podía devolverme, hubiese existido fuera de mi pensamiento, en la realidad cercana a mí, en aquel Roussainville del que hablaba yo con tanta frecuencia, que veía desde el retrete que olía a iris, ¡y no me había enterado! En una palabra, resumía todo lo que había deseado en mis paseos hasta el punto de no poder decidirme a volver a casa, al creer ver entreabrirse, animarse, los árboles. Lo que deseaba tan febrilmente entonces, ella había estado a punto —con sólo que yo hubiese sabido entenderlo y recuperarlo— de hacerme saborearlo ya en mi adolescencia. Más completamente aún de lo que había creído yo, Gilberte se encontraba en aquella época en verdad por la parte de Méséglise.