La fugitiva
La fugitiva E incluso aquel día en que me la había encontrado bajo una puerta, aunque no fuera la Srta. de l’Orgeville, la que Robert había conocido en las casas de citas (¡y qué curioso resultaba que hubiera sido precisamente a su futuro marido a quien yo hubiese pedido la aclaración!), no me había equivocado totalmente sobre el significado de su mirada ni sobre la clase de mujer que era y me confesaba ahora haber sido. «Todo aquello queda muy lejos», me dijo, «no he vuelto a pensar sino en Robert desde el día en que nos hicimos novios. ¿Y sabes lo que te digo? Ni siquiera esos caprichos de la infancia son lo que más me reprocho».