La fugitiva

La fugitiva

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Desde el momento en que me despertaba y volvía a sentir mi pena en el punto en que me encontraba antes de quedarme dormido, como un libro cerrado por un instante y que no me abandonaría hasta la noche, todas las sensaciones —ya procediesen de fuera o de dentro— tenían que ver con un pensamiento relativo a Albertine. Llamaban al timbre: «¡Será una carta de ella, ella misma tal vez!». Si me sentía bien, no demasiado desgraciado, ya no sentía celos, ya no tenía agravios contra ella, me habría gustado volver a verla al instante, besarla, pasar alegremente toda mi vida con ella. Telegrafiarle «VEN EN SEGUIDA» me parecía haber pasado a ser ahora de lo más sencillo, como si mi nuevo humor hubiera cambiado no sólo mis disposiciones, sino también las cosas exteriores a mí, las hubiese vuelto más fáciles. Si estaba de talante melancólico, renacían todas mis cóleras contra ella, ya no deseaba besarla, sentía la imposibilidad de ser feliz jamás gracias a ella, ya sólo quería hacerle daño e impedirle pertenecer a otros, pero de esos dos talantes opuestos el resultado era idéntico: debía volver lo antes posible. Y, sin embargo, por grande que fuera la alegría que pudiese darme en el momento su regreso, tenía la sensación de que no tardarían en presentarse las mismas dificultades y de que la búsqueda de la felicidad en la satisfacción del deseo moral era algo tan ingenuo como la empresa de alcanzar el horizonte caminando hacia delante. Cuanto más avanza el deseo, más se aleja la posesión verdadera: de modo, que, si se puede encontrar la felicidad o al menos la ausencia de sufrimientos, no es la satisfacción, sino la reducción progresiva, la extinción final del deseo, lo que se debe buscar. Intentamos ver lo que amamos, pero deberíamos procurar no verlo, porque sólo el olvido acaba trayendo la extinción del deseo, y me imagino que, si un escritor formulara verdades de ese tipo, dedicaría el libro en que figurarían a una mujer a quien le gustaría aproximarse, así, diciéndole: «Este libro es el tuyo». Y así, al decir verdades en su libro, mentiría en su dedicatoria, pues le interesaría que el libro fuera de esa mujer como de él la piedra preciosa procedente de ella y que sólo le sería cara mientras la amase. Los vínculos entre una persona y nosotros sólo existen en nuestro pensamiento. La memoria, al debilitarse, los afloja y, pese a la ilusión por la que nos gustaría vernos engañados y con la que —por amor, por amistad, por cortesía, por respeto humano— engañamos a los otros, existimos solos. El hombre es el ser que no puede salir de sí mismo, que sólo conoce a los demás en sí mismo y, al decir lo contrario, miente y, si hubiera sido posible hacerlo, si me hubiesen privado de esa necesidad de ella, de ese amor de ella, habría yo sentido tal miedo, que me convencía a mí mismo de que era precioso para mi vida. Poder oír pronunciar sin embeleso ni sufrimiento los nombres de las estaciones por las que pasaba el tren para ir a Turena me habría parecido una disminución de mí mismo (en el fondo, simplemente porque así habría demostrado que Albertine habría llegado a resultarme indiferente). Estaba bien —pensaba yo— que, al preguntarme sin cesar lo que podía estar haciendo, pensando, queriendo ella a cada instante, si pensaba venir, si lo haría, yo mantuviera abierta aquella puerta de comunicación que el amor había abierto en mí y sintiese la vida de otra sumergir, mediante esclusas abiertas, el depósito que no habría deseado quedarse de nuevo estancado. Al prolongarse el silencio de Saint-Loup, una ansiedad secundaria —la espera de un telegrama, de una llamada por teléfono de mi amigo— no tardó en ocultar la primera: la inquietud del resultado, saber si volvería Albertine. Espiar todos los sonidos en espera del telegrama me resultaba tan intolerable, que la llegada de éste, lo único en lo que yo pensaba ya, fuera cual fuese su tenor, pondría —me parecía— fin a mis sufrimientos, pero, cuando por fin lo recibí y me enteré de que Robert había estado con la Sra. Bontemps, pero, pese a todas sus precauciones, había sido visto por Albertine, con lo que se había ido todo al traste, estallé de furia y desesperación, pues eso era lo que yo había querido evitar ante todo. Al enterarse de él Albertine, el viaje de Saint-Loup hacía parecer que yo la necesitaba, lo que había de impedirle por fuerza volver y cuyo horror era, por lo demás, lo único que había yo conservado del orgullo que distinguía a mi amor en la época de Gilberte, ya desaparecido. Yo maldecía a Robert y después pensé que, si aquel medio había fracasado, recurriría a otro. Puesto que el hombre puede actuar sobre el mundo exterior, ¿cómo no iba a lograr yo —recurriendo a la astucia, la inteligencia, el interés, el afecto— suprimir aquella atrocidad: la ausencia de Albertine? Creemos que cambiaremos las cosas que nos rodean conforme a nuestro deseo, porque, aparte de eso, no vemos solución favorable alguna. No pensamos en la que se produce con la mayor frecuencia y que también es favorable: no logramos cambiar las cosas conforme a nuestro deseo, pero poco a poco éste cambia. La situación que esperábamos cambiar, porque nos resultaba insoportable, se nos vuelve indiferente. No hemos podido superar el obstáculo, como deseábamos absolutamente, pero la vida nos ha hecho rodearlo, sobrepasarlo y apenas si podemos entonces —al volver la vista al lejano pasado— distinguirlo, de tan imperceptible como ha quedado. En el piso de encima del nuestro oí tonadas de Manon interpretadas por una vecina. Yo aplicaba su letra, que conocía, a Albertine y a mí y me sentía embargado de un sentimiento tan profundo, que me eché a llorar. Eran éstas:


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