La fugitiva
La fugitiva Sin embargo, releía su carta y me sentía, de todos modos, decepcionado de lo poco que de una persona hay en una carta. Desde luego, los caracteres trazados expresan nuestro pensamiento, cosa que hacen también nuestras facciones; siempre nos encontramos ante un pensamiento, pero, de todos modos, éste no se nos presenta en la persona hasta después de haberse difundido en esa corola del rostro abierta como una ninfea, lo que, de todos modos, la modifica mucho, y tal vez una de las causas de nuestras perpetuas decepciones amorosas sean esas perpetuas desviaciones en virtud de las cuales, al esperar a la persona ideal a la que amamos, cada cita nos presenta a una persona que encarna ya tan poco de nuestro sueño y, además, cuando reclamamos algo a esa persona, recibimos de ella una carta en la que queda muy poco de ella, así como en las letras del álgebra ya no queda la determinación de las cifras de la aritmética, que ya no cuentan con las cualidades de los frutos o las flores sumados, y, sin embargo, el amor, verse amado, sus cartas, tal vez sean, de todos modos, plasmaciones —por insatisfactorio que sea pasar de uno a otro— de la misma realidad, ya que la carta sólo nos parece insuficiente al leerla, pero sudamos sangre y pasión, mientras no llega, y basta para calmar nuestra angustia, ya que no para saciar con sus pequeños signos negros nuestro deseo, en vista de que en ella no hay, de todos modos, sino la equivalencia de una palabra, de una sonrisa, de un beso, no esas cosas mismas.