La fugitiva

La fugitiva

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«AMIGO MÍO, HAS ENVIADO A TU AMIGO SAINT-LOUP A VER A MI TÍA, COSA INSENSATA. MI QUERIDO AMIGO, SI ME NECESITABAS, ¿POR QUÉ NO ME ESCRIBISTE DIRECTAMENTE? HABRÍA TENIDO MUCHO GUSTO EN VOLVER. NO VUELVAS A HACER ESAS GESTIONES ABSURDAS». «¡Habría tenido mucho gusto en volver!». Así, pues, si decía eso, era porque lamentaba haberse marchado y sólo buscaba un pretexto para volver. Por tanto, bastaba con hacer lo que me decía, escribirle que la necesitaba y volvería. Por tanto, iba a volver a verla, a ella, la Albertine de Balbec (pues desde su marcha había vuelto a serlo para mí: como una concha a la que ya no prestamos atención, cuando la tenemos siempre sobre la cómoda, y, una vez que nos hemos separado de ella para regalarla o por haberla perdido, pensamos en ella, cosa que habíamos dejado de hacer, me recordaba toda la gozosa belleza de las montañas azules del mar). Y no era sólo ella la que se había vuelto un ser de la imaginación, es decir, deseable, sino que, además, la vida con ella se había vuelto imaginaria, es decir, libre de todas las dificultades, por lo que yo me decía: «¡Qué felices vamos a ser!». Pero, puesto que tenía la seguridad de su regreso, no debía dar la impresión de apresuramiento, sino, al contrario, borrar el mal efecto causado por la gestión de Saint-Loup, a quien siempre podría yo desautorizar diciendo que había actuado por iniciativa propia, porque siempre había sido partidario de aquel matrimonio.


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