La fugitiva
La fugitiva Por mi parte, no tuve el valor de abandonarme a la dulzura de pensar que Albertine me llamaba «único amor de mi alma» y había reconocido haberse equivocado sobre lo que «había considerado esclavitud». Yo sabía que no podemos leer una novela sin atribuir a la protagonista los rasgos de aquella a quien amamos, pero, por feliz que sea el final del libro, nuestro amor no ha dado un paso más y, cuando lo hemos cerrado, aquella a la que amamos y que por fin ha venido hasta nosotros en la novela ha dejado de querernos en la vida. Telegrafié, furioso, a Saint-Loup para que volviera cuanto antes a París, para que al menos no pareciese ejercer una insistencia agravante en una gestión que tanto me habría gustado ocultar, pero, antes incluso de que hubiera vuelto, como le había yo indicado, fue la propia Albertine quien me envió este telegrama: