La fugitiva
La fugitiva Como el resultado de aquella carta me parecÃa seguro, lamenté haberla enviado, pues, al representarme el regreso, en resumidas cuentas, tan fácil de Albertine, todas las razones que hacÃan de nuestro matrimonio algo malo para mà volvieron bruscamente con toda su fuerza. Yo esperaba que ella se negarÃa a volver. Cavilaba que mi libertad, todo el futuro de mi vida, dependÃan de su negativa, que habÃa hecho una locura al escribirle, que deberÃa haberme quedado con mi carta —ya echada, ¡ay!—, cuando Françoise, al entregarme también el periódico que acababa de subir, me la trajo, por no saber con cuántos sellos debÃa franquearla, pero al instante cambié de opinión; deseaba que Albertine no volviera, pero querÃa que esa decisión procediese de ella para poner fin a mi ansiedad y sentà el deseo de devolver la carta a Françoise. Abrà el periódico: anunciaba la muerte de la Berma. Entonces recordé las dos formas diferentes como habÃa visto Fedra y ahora fue con una tercera como pensé en la escena de la declaración. Lo que yo me habÃa recitado con tanta frecuencia a mà mismo y habÃa oÃdo en el teatro era —me parecÃa a m× el enunciado de las leyes que debÃa experimentar en mi vida. Hay en nuestra alma cosas que no sabemos hasta qué punto nos interesan o, si nos interesan, es porque aplazamos dÃa tras dÃa, por miedo a fracasar o a sufrir, la posibilidad de poseerlas. Eso es lo que me habÃa sucedido con Gilberte, cuando habÃa creÃdo renunciar a ella. Si, antes del momento en que estamos totalmente desapegados de esas cosas, muy posterior a aquel en que creemos estarlo, la muchacha a la que amamos se promete, por ejemplo, con otro, nos volvemos locos, no podemos soportar más la vida, que nos parecÃa tan melancólicamente tranquila, o, si la cosa está en nuestro poder, creemos que nos resulta una carga, que con gusto nos desharÃamos de ella: eso es lo que me habÃa ocurrido en el caso de Albertine. Pero, si nos vemos privados por su partida de la persona que nos resulta indiferente, ya no podemos vivir. Ahora bien, ¿acaso no reunÃa el «argumento» de Fedra los dos casos? Hipólito quiere partir. Fedra, que hasta entonces ha procurado ofrecerse a su enemistad, por escrúpulos —dice ella o, mejor dicho, la hace decirlo el poeta—, porque no ve adónde llegarÃa y no se siente amada, ya no puede más. Acude a confesarle su amor y ésa es la escena que yo me habÃa recitado con tanta frecuencia: