La fugitiva

La fugitiva

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Como el resultado de aquella carta me parecía seguro, lamenté haberla enviado, pues, al representarme el regreso, en resumidas cuentas, tan fácil de Albertine, todas las razones que hacían de nuestro matrimonio algo malo para mí volvieron bruscamente con toda su fuerza. Yo esperaba que ella se negaría a volver. Cavilaba que mi libertad, todo el futuro de mi vida, dependían de su negativa, que había hecho una locura al escribirle, que debería haberme quedado con mi carta —ya echada, ¡ay!—, cuando Françoise, al entregarme también el periódico que acababa de subir, me la trajo, por no saber con cuántos sellos debía franquearla, pero al instante cambié de opinión; deseaba que Albertine no volviera, pero quería que esa decisión procediese de ella para poner fin a mi ansiedad y sentí el deseo de devolver la carta a Françoise. Abrí el periódico: anunciaba la muerte de la Berma. Entonces recordé las dos formas diferentes como había visto Fedra y ahora fue con una tercera como pensé en la escena de la declaración. Lo que yo me había recitado con tanta frecuencia a mí mismo y había oído en el teatro era —me parecía a mí— el enunciado de las leyes que debía experimentar en mi vida. Hay en nuestra alma cosas que no sabemos hasta qué punto nos interesan o, si nos interesan, es porque aplazamos día tras día, por miedo a fracasar o a sufrir, la posibilidad de poseerlas. Eso es lo que me había sucedido con Gilberte, cuando había creído renunciar a ella. Si, antes del momento en que estamos totalmente desapegados de esas cosas, muy posterior a aquel en que creemos estarlo, la muchacha a la que amamos se promete, por ejemplo, con otro, nos volvemos locos, no podemos soportar más la vida, que nos parecía tan melancólicamente tranquila, o, si la cosa está en nuestro poder, creemos que nos resulta una carga, que con gusto nos desharíamos de ella: eso es lo que me había ocurrido en el caso de Albertine. Pero, si nos vemos privados por su partida de la persona que nos resulta indiferente, ya no podemos vivir. Ahora bien, ¿acaso no reunía el «argumento» de Fedra los dos casos? Hipólito quiere partir. Fedra, que hasta entonces ha procurado ofrecerse a su enemistad, por escrúpulos —dice ella o, mejor dicho, la hace decirlo el poeta—, porque no ve adónde llegaría y no se siente amada, ya no puede más. Acude a confesarle su amor y ésa es la escena que yo me había recitado con tanta frecuencia:


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker