La fugitiva
La fugitiva Al preparar la habitación de Albertine, Françoise, curiosa como era, abrió el cajón de una mesita de madera de rosa, en la que mi amiga guardaba los objetos íntimos que se quitaba para dormir. «Oh, señor. La señorita Albertine ha olvidado sus sortijas, se han quedado en el cajón». Mi primer impulso fue el de decir: «Hay que enviárselas», pero así parecía no ser seguro que fuera a volver. «Muy bien», respondí tras un instante de silencio, «para el poco tiempo que va a estar ausente, no vale la pena. Démelas y ya veré». Françoise me las entregó con cierta desconfianza. Detestaba a Albertine, pero, atribuyéndome sus propias actitudes, se imaginaba que no se me podía confiar una carta escrita por mi amiga sin temor a que la abriera. Tomé las sortijas. «Procure el señor no perderlas», dijo Françoise, «¡son preciosas, la verdad! No sé quién se las regalaría, si el señor u otro, pero ¡de lo que no me cabe duda es de que se trata de alguien rico y con buen gusto!». «No he sido yo», respondí a Françoise, «y, por lo demás, no proceden las dos de la misma persona: una se la regaló su tía y la otra la compró ella». «¡Que no son de la misma persona!», exclamó Françoise. «El señor bromea. Son iguales, salvo el rubí añadido a una de ellas, incluso tienen la misma águila las dos, las mismas iniciales en el interior». No sé si Françoise notaba el daño que me hacía, pero empezó a esbozar una sonrisa, que ya no desapareció de sus labios. «¿Cómo que la misma águila? Está usted loca. En la que no tiene rubí hay un águila, en efecto, pero lo cincelado en la otra es como una cabeza de hombre». «¿Una cabeza de hombre? ¿Dónde ha visto eso el señor? Incluso con mis lentes tan sólo, he visto en seguida que era una de las alas del águila; coja el señor su lupa y verá la otra ala al otro lado, la cabeza y el pico en el medio. Se ve cada una de las plumas. ¡Ah, es un trabajo precioso!». El ansioso deseo de saber si Albertine me había mentido me hizo olvidar que debería haber conservado alguna dignidad delante de Françoise y denegarle el maligno placer que le daba —si no de torturarme— al menos de perjudicar a mi amiga. Yo jadeaba, mientras Françoise iba a buscar mi lupa, la cogí, pedí a Françoise que me mostrara el águila en la sortija del rubí, no le costó hacerme reconocer las alas, estilizadas del mismo modo que en la otra sortija, el relieve de cada una de las plumas, la cabeza. Me indicó también inscripciones semejantes, a las que se sumaban —cierto es— otras en la sortija del rubí, y dentro de las dos la inicial de Albertine. «Pero me extraña que el señor haya necesitado todo eso para ver que se trataba de la misma sortija», me dijo Françoise. «Aun sin mirarlas de cerca, se nota perfectamente la misma factura, la misma forma de trabajar el oro. Nada más verlas, habría yo jurado que tienen la misma procedencia. Se reconoce como los guisos de una buena cocinera». Y, en efecto, a su curiosidad de sirviente avivada por el odio y habituada a advertir detalles con una precisión espantosa, se había sumado, para ayudarla en aquella pericia, el gusto que tenía, el mismo gusto, en efecto, que mostraba en la cocina y que tal vez avivara, como había notado yo al partir para Balbec en su forma de vestirse, su coquetería de mujer que ha sido hermosa, que ha mirado las joyas y el vestuario de otros. Si me hubiera equivocado de caja de medicamento y, en lugar de tomar unos sellos de veronal un día en que sentía que había bebido demasiadas tazas de té, hubiese tomado otros tantos sellos de cafeína, mi corazón no habría latido tan violentamente. Pedí a Françoise que saliera del cuarto. Me habría gustado ver a Albertine inmediatamente. Al horror de su mentira, a los celos del desconocido, se sumaba el dolor por que se hubiera dejado ofrecer, así, regalos. Yo le hacía más, cierto es, pero una mujer a la que mantenemos no nos parece una mantenida, mientras no sabemos que lo es por otros, y, sin embargo, como yo no había cesado de gastar para ella tanto dinero, la había aceptado, pese a esa bajeza moral, que yo había mantenido en ella y tal vez la hubiera aumentado y creado tal vez. Además, como tenemos el don de inventar cuentos —como, cuando nos morimos de hambre, llegamos a convencernos de que un desconocido va a dejarnos una fortuna de cien millones— para acunar nuestro dolor, imaginé a Albertine en mis brazos, mientras me explicaba en dos palabras que por el parecido de la fabricación había comprado la otra sortija y había sido ella quien había encargado que pusieran sus iniciales, pero esa explicación seguía siendo frágil, aún no había tenido tiempo de hundir en mi ser sus raíces benéficas y no se podía calmar mi dolor tan deprisa y pensé que tantos hombres que hablan a los demás de la bondad de su amante sufren torturas semejantes. Así mienten a los demás y a sí mismos. No mienten del todo; pasan con esa mujer horas en verdad dulces, pero ¡piénsese en todas las horas desconocidas —tras esa bondad que tienen con ellos delante de sus amigos y que les permite glorificarse y tras la que tienen a solas con sus amantes y que les permite bendecirlos— en las que el amante ha sufrido, ha dudado, ha hecho por doquier investigaciones inútiles para averiguar la verdad! A semejantes sufrimientos va unida la dulzura del amor, del encantamiento con las palabras más insignificantes de una mujer, que como tales reconocemos, pero las perfumamos con su olor. En aquel momento, yo ya no podía deleitarme respirando con el recuerdo de Albertine. Abrumado, con las dos sortijas en la mano, miraba aquella águila despiadada, cuyo pico me atenazaba el corazón, cuyas alas con plumas en relieve se habían llevado la confianza que seguía profesando a mi amiga y bajo cuyas garras mi afligido pensamiento no podía escapar ni un instante a las preguntas formuladas sin cesar sobre aquel desconocido cuyo nombre simbolizaba seguramente aquella águila sin dejarme leerlo y al que seguramente había amado en otro tiempo y seguramente ella había vuelto a ver no hacía mucho, pues el día, tan dulce, tan familiar, del paseo juntos por el Bois, había sido el primero en que había visto yo la segunda sortija, aquella en la que el águila parecía hundir el pico en la capa de sangre clara del rubí.