La fugitiva

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Por lo demás, si bien, de la mañana a la noche, no cesaba yo de sufrir por la marcha de Albertine, no por ello pensaba sólo en ella. Por una parte, como su encanto había ido extendiéndose poco a poco a objetos que acababan estando muy alejados, pero no por ello estaban menos electrizados por la misma emoción que me infundía ella, si algo me hacía pensar en Incarville o en los Verdurin o en un nuevo papel para Léa, me asaltaba una corriente de sufrimiento. Por otra parte, lo que yo mismo llamaba pensar en Albertine era pensar en la forma de hacerla volver, de reunirme con ella, de saber lo que hacía. De modo, que, si, durante aquellas horas de incesante martirio, un gráfico hubiera podido representar las imágenes que acompañaban mi sufrimiento, se habrían visto las de la estación de Orsay, de los billetes de banco ofrecidos a la Sra. Bontemps, de Saint-Loup inclinado sobre el pupitre de una oficina de telégrafos, en el que rellenaba una fórmula de telegrama para mí, pero nunca la de Albertine. Así como en todo el transcurso de nuestra vida nuestro egoísmo ve todo el tiempo ante sí los objetivos preciosos para nuestro yo, pero nunca mira ese yo mismo que no cesa de contemplarlos, así también el deseo que dirige nuestros actos desciende hacia ellos, pero no remonta hasta sí mismo, ya sea porque, por ser demasiado utilitario, se precipite a la acción y desdeñe el conocimiento, porque busquemos el futuro para corregir las decepciones del presente o porque la pereza mental lo incite a deslizarse por la cómoda pendiente de la imaginación, en lugar de remontar la abrupta pendiente de la introspección. En realidad, en esas horas de crisis en las que nos jugaríamos toda nuestra vida, a medida que la persona de la que ésta depende revela mejor la inmensidad del lugar que ocupa para nosotros, al no dejar nada en el mundo que no resulte trastocado por ella, su imagen decrece proporcionalmente hasta dejar de resultar perceptible. En todas las cosas encontramos el efecto de su presencia por la emoción que sentimos; a ella misma, la causa, no la encontramos en parte alguna. Durante aquellos días estuve tan incapacitado para imaginarme a Albertine, que casi habría podido creer que no la amaba, como mi madre —en los momentos de desesperación en que no podía imaginarse nunca a mi abuela (salvo una vez en el encuentro fortuito de un sueño cuyo valor advirtió hasta tal punto, pese a estar dormida, que se esforzó, con las fuerzas que le quedaban en el sueño, por hacerlo durar)— habría podido acusarse —y así lo hacía, en efecto— de no añorar a su madre, cuya muerte la mataba, pero cuyas facciones eludían su recuerdo.


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