La fugitiva

La fugitiva

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¿Por qué había yo de creer que no gustaban las mujeres a Albertine? Porque había dicho, sobre todo en los últimos tiempos, que no le gustaban, pero ¿acaso no descansaba nuestra vida en una mentira perpetua? Nunca, ni una sola vez, me había dicho: «¿Por qué no puedo salir libremente? ¿Por qué preguntas a otros por lo que hago?». Pero era, en efecto, una vida demasiado singular para que no me lo hubiese preguntado, si no hubiera entendido por qué. ¿Y acaso no era comprensible que a mi silencio sobre las causas de su enclaustramiento correspondiese por su parte un mismo y constante silencio sobre sus perpetuos deseos, sus innumerables recuerdos, sus innumerables deseos y esperanzas? Françoise parecía saber que yo mentía cuando aludía al próximo regreso de Albertine y su creencia parecía basada en un poco más que en esa verdad que solía guiar a nuestra sirviente: la de que no gusta a los señores verse humillados delante de sus servidores, por lo que de la realidad sólo les dan a conocer lo que no se aleja demasiado de una ficción lisonjera, apropiada para mantener el respeto. Aquella vez, la creencia de Françoise parecía basada en otra cosa, como si ella misma hubiera despertado y mantenido la desconfianza en el corazón de Albertine, que hubiese excitado al máximo su cólera, en una palabra, la hubiera llevado hasta el extremo en que hubiese podido predecir como inevitable su marcha. Si era cierto, mi versión de una marcha momentánea, conocida y aprobada por mí, había de inspirar por fuerza incredulidad a Françoise, pero la idea que tenía del carácter interesado de Albertine, la exageración con la que, con su odio, magnificaba el «provecho» que Albertine obtenía supuestamente de mí, podían dar al traste con su certidumbre. Por eso, cuando yo aludía delante de ella —como a una cosa totalmente natural— al próximo regreso de Albertine, Françoise me miraba a la cara (del mismo modo que, cuando el jefe de comedor, para molestarla, le leía, cambiando las palabras, una noticia política —por ejemplo, el próximo cierre de las iglesias y la deportación de los curas— que ella se negaba a creer, Françoise, incluso desde el extremo de la cocina y sin poder leer, miraba instintiva y ávidamente el periódico), como si hubiera podido ver si estaba escrito de verdad, si no estaría yo inventándomelo.


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