La fugitiva

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Pero, cuando Françoise vio que, después de haber escrito una carta larga, ponía la dirección de la Sra. Bontemps, aumentó su espanto, hasta entonces tan vago, de que Albertine volviera. Cuando una mañana hubo de entregarme con el correo una carta en cuyo sobre había reconocido la escritura de Albertine, a aquel espanto se sumó una auténtica consternación. Se preguntaba si la marcha de Albertine no habría sido una simple comedia, suposición que la afligía doblemente, como si asegurara definitivamente para el futuro la vida de Albertine en la casa y como si constituyese para mí —es decir, como señor de Françoise que era— y para ella misma la humillación de haber sido engañado por Albertine. Por impaciente que estuviese yo por leer la carta de ésta, no pude por menos de contemplar por un instante los ojos de Françoise, de los que habían desaparecido todas las esperanzas, al inducir de aquel presagio la inminencia del regreso de Albertine, así como un aficionado a los deportes de invierno concluye con alegría que el frío está próximo, al ver la marcha de las golondrinas. Por fin, Françoise se marchó y, cuando me hube asegurado de que había vuelto a cerrar la puerta, abrí sin hacer ruido, para no parecer ansioso, la carta, que decía así:




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