La fugitiva

La fugitiva

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Comprendí perfectamente que esta última era una simple frase y que Albertine no habría podido conservar hasta su muerte un recuerdo tan dulce de aquel paseo, que, desde luego, ella no había disfrutado en modo alguno, puesto que estaba impaciente por abandonarme, pero también admiré lo dotada que estaba la ciclista, la golfista, de Balbec, quien, antes de conocerme, sólo había leído Esther, y cuán acertado había estado yo al considerar que en mi casa se había enriquecido con nuevas cualidades que la hacían diferente y más completa. Y así la frase que yo le había dicho, sin creerla y tan sólo para que considerara beneficioso verme y superar el aburrimiento que podía causarle, en Balbec: «Creo que mi amistad te será preciosa, que soy precisamente la persona que podría aportarte lo que te falta» —en una fotografía le había yo escrito esta dedicatoria: Con la certeza de ser providencial— que había dicho había resultado ser cierta también, como, en resumidas cuentas, cuando le había dicho que no quería verla por miedo a enamorarme de ella. Lo había dicho porque sabía, al contrario, que con la frecuentación constante mi amor se apagaba y la separación lo exaltaba, pero, en realidad, la frecuentación constante había engendrado una necesidad de ella infinitamente más fuerte que el amor de los primeros tiempos en Balbec.



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