La fugitiva
La fugitiva Entonces mi vida cambió enteramente. Lo que había constituido —y no por Albertine, sino paralelamente a ella, cuando estaba yo solo— su dulzura era precisamente el perpetuo renacimiento de momentos antiguos, evocado por momentos idénticos. El sonido de la lluvia me devolvía el olor de las lilas de Combray; la movilidad del sol en el balcón, las palomas de los Campos Elíseos; el ensordecimiento de los ruidos con el calor de la mañana, el frescor de las cerezas; el sonido del viento y el regreso de la Semana Santa, el deseo de Bretaña o de Venecia. Llegaba el verano, se alargaban los días, hacía calor. Era el momento en que muy de mañana alumnos y profesores van a los parques públicos a preparar los últimos exámenes bajo los árboles, para recoger la única gota de frescor que deja caer un cielo menos encendido que con el ardor del día, pero ya tan estérilmente puro. Desde mi obscura alcoba, con un poder de evocación igual al de otro tiempo, pero que ya sólo me infundía tristeza, sentía que fuera, con la pesadez del aire, el sol declinante ponía en la verticalidad de las casas, de las iglesias, un enlucido leonado y, si Françoise, al volver, movía sin querer los pliegues de las grandes cortinas, yo contenía un grito por el desgarramiento que acababa de producirme aquel rayo de sol antiguo que me había embellecido la fachada nueva de Bricquevielle l’Orgueilleuse, cuando Albertine me había dicho: «Está restaurada». No sabiendo cómo explicar mi suspiro a Françoise, yo le decía: «¡Ah! Tengo sed». Ella salía y regresaba, pero yo apartaba la vista violentamente, bajo la dolorosa descarga de uno de los mil recuerdos invisibles que en todo momento estallaban a mi alrededor en la sombra: acababa de ver que había traído sidra y cerezas, aquella sidra y aquellas cerezas que un mozo de granja nos había traído en el coche, en Balbec, especies bajo las cuales habría yo comulgado perfectamente, en tiempos, con el arco iris de los comedores obscuros en los días ardientes. Entonces pensé por primera vez en la granja de Ecorres y me dije que ciertos días en que Albertine me decía en Balbec que no era libre, que estaba obligada a salir con su tía, tal vez estuviese con alguna de sus amigas en una granja en la que sabía que yo no la encontraría y que, mientras —por si acaso— yo me entretenía en Marie Antoinette, donde me habían dicho: «Hoy no la hemos visto», tal vez usara con su amiga las mismas palabras que conmigo, cuando salíamos: «No se le ocurrirá buscarnos aquí y así no nos molestará». Yo decía a Françoise que volviera a cerrar las cortinas para dejar de ver aquel rayo de sol, pero éste seguía filtrándose, tan corrosivo, en mi memoria. «No me gusta, está restaurada, pero mañana iremos a Saint-Martin-le-Vêtu, pasado mañana a…». Mañana, pasado mañana, era un futuro de vida en común —tal vez para siempre— que comienza; mi corazón se lanzaba hacia él, pero ya no estaba ahí: Albertine estaba muerta.