La fugitiva
La fugitiva Pregunté la hora a Françoise: las seis. Por fin, gracias a Dios, iba a desaparecer aquel pesado calor del que en tiempos me quejaba ante Albertine y que tanto nos gustaba. El día tocaba a su fin, pero ¿qué ganaba yo con ello? Se alzaba el frescor del anochecer, era la puesta de sol; en mi memoria, al cabo de un camino por el que nos internábamos juntos para regresar, divisaba yo, más allá del último pueblo, algo así como una estación distante, inaccesible, para la noche misma en que nos detendríamos en Balbec, siempre juntos; juntos entonces, ahora había que detenerse en seco ante aquel mismo abismo: ella estaba muerta. Ya no bastaba con echar las cortinas, yo intentaba cerrar los ojos y tapar los oídos de mi memoria, para no volver a ver aquella faja anaranjada del ocaso, para no oír aquellos pájaros invisibles que se respondían de un árbol a otro a cada lado de mí, a quien entonces abrazaba tan tiernamente la que ahora estaba muerta. Intentaba eludir las sensaciones que da la humedad de las hojas por la noche y la subida y la bajada por los caminos a lomos de asno, pero ya habían hecho presa en mí, me habían llevado bastante lejos del momento actual para que tuviera toda la distancia, todo el impulso necesarios para golpearme de nuevo, la idea de que Albertine estaba muerta. ¡Ah! Nunca volvería yo a entrar en un bosque, no volvería a pasearme entre árboles, pero ¿me resultarían menos crueles las grandes llanuras? ¡Cuántas veces había yo cruzado, para ir a buscar a Albertine, la gran llanura de Cricqueville! ¡Cuántas veces la había recorrido, al regreso con ella, ora con tiempo brumoso en el que la inundación de la niebla nos infundía la ilusión de estar rodeados por un lago inmenso ora en noches límpidas en las que la luz de la luna, al desmaterializar la tierra, al hacerla aparecer a dos pasos celeste —como es— durante el día, sólo a lo lejos, encerraba los campos, los bosques, con el firmamento al que los había asimilado, en el ágata arborizada de un solo azul!