La fugitiva
La fugitiva ¡Cuánto tarda el día en morir en esos desmesurados atardeceres del verano! Un pálido fantasma de la casa de enfrente seguía indefinidamente pintando con acuarela en el cielo su persistente blancura. Por fin se hacía la obscuridad en el piso y yo chocaba con los muebles de la antesala, pero en la puerta de la escalera, en medio de la obscuridad que creía yo total, la parte acristalada estaba translúcida y azul, de un azul de flor, de un azul de ala de insecto, de un azul que me habría parecido hermoso, si no hubiese tenido la sensación de que era un último reflejo, que cortaba como un acero, un golpe supremo que con su incansable crueldad me asestaba aún el día.