La fugitiva
La fugitiva Sin embargo, acababa llegando la obscuridad completa, pero entonces bastaba con una estrella vista junto al árbol del patio para recordarme nuestras salidas en coche, después de la cena, por los bosques de Chantepie, tapizados por la luz de la luna, e incluso en las calles aprehendía a veces el respaldo de un banco, recogía la pureza natural de un rayo de luna, en medio de las luces artificiales de París, sobre la cual hacía reinar —al hacer entrar un instante para mi imaginación la ciudad en la naturaleza, con el infinito silencio de los campos evocados— el doloroso recuerdo de los paseos que había dado por ellos con Albertine. ¡Ah! ¿Cuándo acabaría la noche? Pero, con el primer frescor del alba, me estremecía, pues ésta me había traído la dulzura de aquel verano en el que tantas veces nos habíamos hecho compañía de Balbec a Incarville y de Incarville a Balbec hasta el amanecer. Yo ya sólo tenía una esperanza para el futuro —mucho más desgarradora que un temor—: la de olvidar a Albertine. Sabía que la olvidaría un día, como no había dejado de olvidar a Gilberte, a la Sra. de Guermantes y a mi abuela. Y nuestro castigo más justo y más cruel del olvido tan total, apacible, como los de los cementerios, mediante los cuales nos hemos separado de aquellos a los que hemos dejado de querer, es el de vislumbrar ese mismo olvido como inevitable respecto de aquellos a los que aún queremos. A decir verdad, sabemos que es un estado no doloroso, un estado de indiferencia, pero, al no poder concebir a la vez lo que yo era y lo que sería, pensaba con desesperación en todo ese tegumento de caricias, de besos, de sueños amigos, del que pronto debería dejarme despojar para siempre. El impulso de aquellos recuerdos tan tiernos, al ir a romperse contra la idea de que Albertine estaba muerta, me oprimía con el choque de corrientes tan contrapuestas, que no podía permanecer inmóvil; me levantaba, pero de pronto me detenía, consternado; el mismo amanecer que veía en el momento en que acababa de separarme de Albertine, aún radiante y caliente con sus besos, venía a lanzar por encima de las cortinas su hoja, ahora siniestra, cuya blancura fría, implacable y compacta entraba y me asestaba como una cuchillada.