La fugitiva
La fugitiva No tardarÃan en empezar a oÃrse los ruidos de la calle, que permitirÃan averiguar —por la escala cualitativa de sus sonoridades— el grado de calor cada vez mayor en el que resonarÃan. Lo que yo encontraba en aquel calor, que unas horas después se embeberÃa con el olor de las cerezas (como en un remedio al que basta la substitución de una de las partes componentes por otra para volverlo —de eufórico y excitante que era— deprimente), no era ya el deseo de las mujeres, sino la angustia de la partida de Albertine. Por lo demás, el recuerdo de todos mis deseos estaba tan impregnado de ella —y de sufrimiento— como el de los placeres. A aquella Venecia en la que habÃa creÃdo yo que su presencia me resultarÃa inoportuna (seguramente porque tenÃa la confusa sensación de que me resultarÃa necesaria), ahora que Albertine habÃa dejado de existir, preferÃa no ir. Albertine me habÃa parecido un obstáculo interpuesto entre todas las cosas y yo, porque era para mà su continente y de ella, como de un jarrón, era de quien podÃa recibirlas. Ahora que dicho jarrón estaba destruido, ya no me sentÃa con valor para cogerlas, no habÃa ni una de la que no me apartara, abatido, pues preferÃa no saborearlas. De modo, que mi separación de ella en absoluto abrÃa para mà la esfera de los placeres posibles que habÃa creÃdo cerrada por su presencia. Por lo demás, el obstáculo que tal vez hubiera sido, en efecto, su presencia para mà a la hora de viajar, de gozar de la vida, me habÃa ocultado simplemente, como siempre ocurre, los demás obstáculos, que reaparecÃan intactos, una vez desaparecido aquél. Asà también en otro tiempo, cuando alguna visita amable me impedÃa trabajar, si el dÃa siguiente me quedaba solo, tampoco trabajaba. Si una enfermedad, un duelo, un caballo desbocado nos hacen ver la muerte de cerca, habremos gozado intensamente de la vida, de la voluptuosidad, de paÃses desconocidos de los que vamos a vernos privados y, una vez pasado el peligro, volvemos a encontrarnos con la misma vida triste en la que nada de todo eso existÃa para nosotros.