La fugitiva
La fugitiva ¿Cómo pudo parecerme muerta, cuando ahora, para pensar en ella, sólo disponía de las mismas imágenes que volvía a ver yo, unas tras otras, cuando estaba viva? Rápida e inclinada sobre la rueda mitológica de su bicicleta, ceñida los días de lluvia bajo la guerrera de caucho que hacía abombarse sus senos, con la cabeza enturbantada y tocada con serpientes, sembraba el terror en las calles de Balbec; las noches en que habíamos llevado champán a los bosques de Chantepie, con la voz provocativa y alterada, tenía en el rostro ese calor muy pálido y enrojecido sólo en los pómulos, que, por no distinguirla bien en la obscuridad del coche, acercaba yo a la luz de la luna para ver mejor y que ahora intentaba en vano recordar, volver a ver en una obscuridad que ya nunca acabaría. Así, como una estatuilla en el paseo hacia la isla y un sereno rostro fuerte y de grano grueso junto a la pianola, era, sucesivamente, pluviosa y rápida, provocativa y diáfana, inmóvil y sonriente, ángel de la música. Así, pues, cada una de ellas estaba vinculada con un momento, en cuya fecha me encontraba yo —cuando volvía a verla— situado de nuevo. Es que esos momentos del pasado no están inmóviles: conservan en nuestra memoria el movimiento que los arrastraba hacia el futuro —hacia un futuro que se había vuelto, a su vez, pasado— y nos arrastraba con ellos. Nunca había acariciado yo a la Albertine revestida de caucho de los días de lluvia, quería pedirle que se quitara aquella armadura, sería conocer con ella el amor de los campos, la fraternidad del viaje, pero ya no era posible: estaba muerta. Tampoco había aparentado comprender, por miedo a pervertirla, las noches en que ella parecía ofrecerme placeres que, de lo contrario, tal vez no habría pedido a otras y que ahora excitaban en mí un deseo furioso. No habría podido experimentarlos semejantes con otra, pero podía recorrer el mundo sin encontrar a la que me los habría brindado, porque Albertine estaba muerta. Parecía que debiese yo elegir entre dos hechos y determinar cuál era el verdadero, en vista de que el de la muerte de Albertine —procedente para mí de una realidad que yo no había conocido: su vida en Turena— estaba en contradicción con todos mis pensamientos relativos a ella, mis deseos, mis penas, mi enternecimiento, mi furia, mis celos. Semejante riqueza de recuerdos tomados del repertorio de su vida, semejante profusión de sentimientos que evocaban, entrañaban, su vida, parecían abonar la incredulidad de que Albertine hubiera muerto. Semejante profusión de sentimientos se debía a que mi memoria, al conservar mi cariño, preservaba toda su variedad. No sólo Albertine era una sucesión de momentos: también lo era yo. Mi amor por ella no había sido fácil: a la curiosidad de lo desconocido se había sumado un deseo sensual y a un sentimiento de una dulzura casi familiar ora la indiferencia ora unos celos terribles. Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército compuesto en el que, según los momentos, había apasionados, indiferentes, celosos… y ninguno de estos últimos lo estaba de la misma mujer. Y seguramente a eso se debería un día la curación que yo no desearía. En una multitud se pueden substituir, sin que se note, los elementos, uno por uno, por otros, que otros más eliminan o refuerzan, de tal modo, que al final ha habido un cambio inconcebible, si fuéramos uno solo. La complejidad de mi amor, de mi persona, multiplicaba, diversificaba, mis sufrimientos. Sin embargo, se podía situarlos siempre en los dos grupos cuya alternancia había constituido toda la vida de mi amor por Albertine, sucesivamente entregado a la confianza y a la sospecha celosa.