La fugitiva

La fugitiva

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Si me costaba pensar que Albertine, tan viva en mí (en vista de que cargaba con un doble arnés del presente y del pasado), estaba muerta, tal vez fuera también contradictorio que esa sospecha de faltas de las que Albertine —ya despojada de la carne que las había gozado, del alma que había podido desearlas— ya no era capaz ni responsable me infundiese semejante sufrimiento, que yo habría bendecido sólo si hubiera podido ver en él la prueba de la realidad moral de una persona materialmente inexistente, en lugar del reflejo, destinado a extinguirse por sí mismo, de impresiones que ella me había causado en otro tiempo. Una mujer que ya no podía sentir placeres con otros no debería haber excitado ya mis celos, con sólo que mi cariño hubiera podido ponerse al día, pero eso era lo imposible, ya que sólo podía encontrar su objeto —Albertine— en los recuerdos en que ésta estaba viva. Como con sólo pensar en ella la resucitaba, sus traiciones nunca podían ser las de una muerta, pues el instante en que las había cometido pasaba a ser el instante actual, no sólo para Albertine, sino también para aquel de mis yoes, súbitamente evocado, que la contemplaba. De modo, que ningún anacronismo podía separar nunca a la pareja indisoluble en la que con cada nueva culpable se apareaba al instante un celoso lamentable y siempre contemporáneo. Yo la había mantenido encerrada en una casa durante los últimos meses, pero ahora, en mi imaginación, Albertine era libre; usaba mal esa libertad, se prostituía con unas, con otras. En tiempos pensaba yo sin cesar en el futuro incierto que se desplegaba ante nosotros, intentaba leer en él, y en aquel momento lo que tenía yo por delante como un doble del futuro —tan preocupante como un futuro, ya que era igualmente incierto, igualmente difícil de descifrar, igualmente misterioso, más cruel aún, porque no disponía yo, como en el caso del futuro, de la posibilidad o la ilusión de actuar sobre él y también porque se desarrollaría tan lejos como mi propia vida, sin que mi compañera estuviese allí para calmar los sufrimientos que me causaba— ya no era el futuro de Albertine, sino su pasado. ¿Su pasado? Resulta difícil de decir, ya que para los celos no hay pasado ni futuro y lo que imaginan es siempre el presente.


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