La fugitiva
La fugitiva Los cambios de la atmósfera provocan otros en el hombre interior, despiertan yoes olvidados, contrarÃan el adormecimiento de la costumbre, vuelven a dar fuerza a determinados recuerdos, a determinados sufrimientos. ¡Cuánto más aún para mÃ, si el tiempo nuevo que hacÃa me recordaba aquel en el que Albertine, en Balbec, habÃa ido —sólo Dios sabe por qué— a dar, bajo la amenaza de lluvia, grandes paseos con su ceñido impermeable! Si hubiera vivido, seguramente hoy, con este tiempo tan semejante, habrÃa salido a hacer una excursión análoga en Turena. Puesto que ya no podÃa hacerlo, aquella idea no deberÃa haberme hecho sufrir, pero, como en el caso de los amputados, el menor cambio de tiempo renovaba mis dolores en el miembro que habÃa dejado de existir.