La fugitiva
La fugitiva De repente se trataba de un recuerdo que no había revivido en mí desde hacía mucho, pues había permanecido disuelto en la fluida e invisible extensión de mi memoria, que se cristalizaba. Así, varios años antes, al salir a relucir su bata para salir de la ducha, Albertine había enrojecido. En aquella época no estaba yo celoso de ella, pero después había querido preguntarle si podía recordar aquella conversación y decirme por qué había enrojecido. Me había preocupado tanto más cuanto que me habían dicho que las dos muchachas amigas de Léa iban a ese establecimiento balneario del hotel y, según decían, no sólo para darse duchas, pero, por miedo a enfadar a Albertine o en espera de una época mejor, había aplazado siempre el momento de comentarlo con ella y después lo había olvidado y de repente, poco tiempo después de la muerte de Albertine, me vino aquel recuerdo, impregnado de ese carácter a la vez irritante y solemne que tienen los enigmas que han quedado para siempre insolubles por la muerte de la única persona que habría podido esclarecerlos. ¿No podría yo al menos intentar saber si Albertine nunca había hecho nada malo o sólo había parecido sospechosa en aquel establecimiento de las duchas? Enviando a alguien a Balbec, tal vez lo lograra. Estando viva ella, seguramente no habría podido enterarme de nada, pero, cuando ya no hay que temer el rencor del culpable, las lenguas se desatan curiosamente y cuentan fácilmente una falta. Como la imaginación —que ha permanecido rudimentaria, simplista (al no haber pasado por las innumerables transformaciones que remedan los modelos primitivos de los inventos humanos, apenas reconocibles, ya se trate del barómetro, del aerostato, del teléfono, etcétera, en sus perfeccionamientos posteriores)— sólo nos permite ver, por su propia naturaleza, pocas cosas a la vez, aquel recuerdo del establecimiento de las duchas ocupaba toda la esfera de mi visión interior.