La fugitiva

La fugitiva

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¡Qué rauda acudía a verme en Balbec, cuando mandaba yo a buscarla, pues sólo se entretenía en ponerse perfume en el pelo para complacerme! Aquellas imágenes de Balbec y de París que me gustaba volver a ver así eran las páginas aún tan recientes y tan rápidamente pasadas de su corta vida. Todo aquello, que para mí no era sino recuerdo, había sido para ella acción, acción precipitada, como la de una tragedia, hacia una muerte rápida. Las personas tienen un desarrollo en nosotros, pero otro fuera de nosotros (lo había advertido yo perfectamente en aquellas noches en que notaba un enriquecimiento de cualidades que no se debía sólo a mi memoria), entre los cuales no deja de haber reacciones mutuas. Al intentar conocer a Albertine y después poseerla entera, de nada me había servido obedecer sólo a la necesidad de reducir, mediante la experiencia, a elementos mezquinamente semejantes a los de nuestro yo el misterio de todas las personas, pues no había podido hacerlo sin influir, a mi vez, en la vida de Albertine. Tal vez mi fortuna, las perspectivas de un matrimonio brillante, la hubieran atraído, pero los celos la habían retenido; su bondad —o su inteligencia o el sentimiento de su culpabilidad o las habilidades de su astucia— la había hecho aceptar —y me había movido a volver cada vez más pura— una cautividad forjada simplemente por el desarrollo interno de mi labor mental, pero que no por ello había dejado de tener en la vida de Albertine consecuencias, destinadas, a su vez, a plantear, de rechazo, problemas nuevos y cada vez más dolorosos a mi psicología, ya que se había evadido de mi cárcel para ir a matarse con un caballo que, de no haber sido por mí, no habría poseído y dejarme, incluso muerta, sospechas cuya verificación, si debía llegar, me resultaría tal vez más cruel que el descubrimiento en Balbec de que Albertine había conocido a la Srta. Vinteuil, pues ya no estaría allí para calmarme. De modo, que esa larga queja del alma que cree vivir encerrada en sí misma sólo en apariencia es un monólogo, ya que los ecos de la realidad la hacen desviarse y semejante vida es como un ensayo de psicología subjetiva espontáneamente realizado, pero que proporciona a cierta distancia su «acción» a la novela puramente realista, de otra realidad, de otra existencia, cuyas peripecias contribuyen a modificar la curva y cambiar la dirección del ensayo psicológico. ¡Qué engranaje más ajustado, qué rápida evolución, los de nuestro amor y, pese a algunos retrasos, interrupciones y vacilaciones del comienzo, y, como en ciertos relatos de Balzac o algunas baladas de Schumann, cómo se precipitó el desenlace! Durante aquel último año —tan largo para mí como un siglo, de tanto como había cambiado Albertine de posiciones respecto de mi pensamiento desde Balbec hasta su marcha de París y también, independientemente de mí y con frecuencia sin que me enterara, había cambiado en sí misma— había que situar toda aquella grata vida de cariño que tan poco había durado y que, sin embargo, se me revelaba con una plenitud, casi una inmensidad, para siempre imposible y, aun así, indispensable para mí: indispensable sin haber sido tal vez en sí y ante todo algo necesario, ya que, si no hubiera yo leído en un tratado de arqueología la descripción de la iglesia de Balbec, si Swann no hubiese orientado mis deseos hacia el bizantino normando, al decirme que aquella iglesia era casi persa, si una sociedad inmobiliaria, al construir en Balbec un hotel higiénico y cómodo, no hubiera animado a mis padres a satisfacer mi deseo y enviarme a Balbec, no habría conocido a Albertine. Cierto es que en aquel Balbec, desde tanto tiempo atrás deseado, no había encontrado yo la iglesia persa con la que soñaba ni las nieblas eternas. El hermoso tren mismo que salía a la 1.35 no había correspondido a lo que me imaginaba, pero, a cambio de lo que la imaginación hace esperar y que tanto trabajo inútil nos tomamos para intentar descubrir, la vida nos da algo que distábamos mucho de imaginar. ¡Quién me habría dicho en Combray, cuando esperaba con tanta tristeza las buenas noches de mi madre, que aquellas ansiedades se curarían y después renacerían un día no por mi madre, sino por una muchacha que al principio sólo sería, en el horizonte del mar, una flor que incitaría todos los días a mis ojos para que fueran a contemplarla, pero una flor pensante y en cuyo entendimiento deseaba yo tan puerilmente ocupar un lugar destacado, por lo que me hacía sufrir que no supiera de mi familiaridad con la Sra. de Villeparisis! Sí, por las buenas noches, por el beso de semejante extraña, era por los que, al cabo de unos años, iba a sufrir yo tanto como de niño cuando mi madre no iba a venir a verme. Ahora bien, si Swann no me hubiera hablado de Balbec, no habría yo conocido a aquella Albertine tan necesaria, de cuyo amor estaba ahora casi únicamente compuesta mi alma. Tal vez su vida habría sido más larga y la mía habría estado desprovista de lo que ahora constituía su martirio y, así, me parecía que por mi cariño exclusivamente egoísta había yo dejado morir a Albertine, así como había asesinado a mi abuela. Incluso más adelante, aun habiéndola conocido en Balbec, habría podido no amarla, como hice más adelante, pues, cuando renunciaba a Gilberte y sabía que un día podría amar a otra mujer, apenas me atrevía a dudar si, en cualquier caso en el pasado, habría podido amar sólo a Gilberte. Ahora bien, en el caso de Albertine ya no me cabía duda, estaba seguro de que podría no haber sido a ella a quien amara, de que podría haber sido a otra. Habría bastado con que la Srta. de Stermaria, la noche en la que iba yo a cenar con ella en la isla del Bois, no hubiera anulado nuestra cita. Aún estaba a tiempo entonces y habría sido por la Srta. de Stermaria por la que se habría ejercido esa actividad de la imaginación que nos hace extraer de una mujer tal idea de individualidad, que nos parece única en sí y para nosotros predestinada y necesaria. Como máximo, situándome en un punto de vista casi fisiológico, podía yo decir que podría haber sentido aquel mismo amor exclusivo por otra mujer, pero no por cualquier otra mujer, pues Albertine, gruesa y morena, no se parecía a Gilberte, esbelta y pelirroja, pero, aun así, las dos tenían la misma salud robusta y en las mismas mejillas sensuales una mirada cuyo significado resultaba difícil de captar. Eran de esas mujeres a quienes no habrían mirado hombres que, por su parte, habrían hecho locuras por otras que no me «decían nada». Casi podía creer que la personalidad sensual y voluntariosa de Gilberte había emigrado al cuerpo de Albertine, un poco diferente, cierto es, pero no sin analogías —pensándolo bien y retrospectivamente— profundas. Un hombre tiene casi siempre la misma forma de constiparse, de caer enfermo, es decir, que necesita para ello determinado cúmulo de circunstancias; es natural que, cuando se enamore, sea de un tipo determinado de mujeres, muy abundante, por lo demás. Las primeras miradas de Albertine que me habían hecho soñar no eran absolutamente diferentes de las primeras miradas de Gilberte. Casi podía creer que la obscura personalidad, la sensualidad, el carácter voluntarioso y astuto de Gilberte habían vuelto a tentarme, encarnadas aquella vez en el cuerpo de Albertine, muy distinto y, sin embargo, no carente de analogías. Para Albertine, gracias a una vida en común totalmente distinta y en la que no había podido deslizarse —en un bloque de pensamientos en el que una dolorosa preocupación mantenía una cohesión permanente— ninguna fisura de distracción y olvido, su cuerpo en vida no había cesado, como el de Gilberte, un día de ser aquel en que encontraba yo lo que —según reconocía a posteriori— eran para mí (y no habrían sido para otros) los atractivos femeninos, pero estaba muerta. Yo la olvidaría. ¿Quién sabe si entonces las mismas cualidades de sangre rica, de ensoñación inquieta no volverían un día a infundirme desasosiego? Pero, encarnadas aquella vez en aquella forma femenina, no podía yo preverlo. Con ayuda de Gilberte habría podido imaginar a Albertine y que la amaría tan poco como el recuerdo de la sonata de Vinteuil me habría permitido imaginar su septeto. Más aún, las primeras veces en que había visto yo a Albertine, había podido creer incluso que amaría a otras. Por lo demás, si la hubiera conocido un año antes, podría haberme parecido tan apagada como un cielo gris en el que no se ha alzado la aurora. Si bien yo había cambiado respecto de ella, también ella misma había cambiado y la muchacha que había venido a mi cama el día en que yo había escrito a la Srta. de Stermaria ya no era la misma que había conocido yo en Balbec, ya fuese por una simple explosión de la mujer que aparece en el momento de la pubertad o a consecuencia de circunstancias que nunca pude conocer. En todo caso, aun cuando aquella a la que yo iba a amar un día debía parecérsele en cierta medida —es decir, si mi elección de una mujer no era enteramente libre—, ésta se refería —dirigida de forma tal vez necesaria— a algo más amplio que un individuo, a un tipo de mujer, cosa que privaba de toda necesidad a mi amor por Albertine. Sabemos perfectamente que, si hubiéramos estado en una ciudad distinta de aquella en la que la conocimos, si nos hubiésemos paseado por otros barrios, si hubiéramos frecuentado otro salón, la mujer cuyo rostro tenemos ante nosotros más constantemente que la luz misma —ya que, incluso con los ojos cerrados, no cesamos ni un instante de adorar sus hermosos ojos, su bella nariz, de recurrir a todos los medios para volver a verlos—, esa mujer única, nunca habría sido otra. ¿Única, creemos? Es innombrable y, sin embargo, compacta, indestructible ante nuestros ojos, que la amaban, insubstituible durante mucho tiempo por otra. Es que esa mujer ha suscitado, mediante llamadas mágicas, mil elementos de cariño existentes en nosotros en estado fragmentario y que ha juntado, unido, colmando todas las lagunas entre ellos y hemos sido nosotros mismos quienes, al atribuirle sus facciones, hemos proporcionado toda la materia sólida de la persona amada. A eso se debe que, aun cuando sólo seamos uno entre mil para ella y tal vez el último de todos, sea ella para nosotros la única, aquella hacia la cual tiende toda nuestra vida. Cierto es que yo había tenido incluso la sensación de que aquel amor no era necesario, no sólo porque podría haberse formado con la Srta. de Stermaria, sino también porque, aun cuando no hubiera sido así, al llegar a conocerlo, me pareció demasiado semejante al sentido por otras y también más vasto que ella, a quien envolvía, sin conocerla, como una marea en torno a un rompiente diminuto, pero, poco a poco, a fuerza de vivir con ella, ya no podía deshacerme de las cadenas que había forjado yo mismo, ya no podía liberarme; sin embargo, la costumbre de asociar a la persona de Albertine con el sentimiento que ésta no había inspirado me hacía creer que era especial de ella, así como la costumbre atribuye a la simple asociación de ideas entre dos fenómenos, como afirma cierta escuela filosófica, la fuerza y la necesidad ilusorias de una ley de causalidad. Yo había creído que mis relaciones, mi fortuna, me librarían de sufrir y tal vez demasiado eficazmente, ya que parecían dispensarme de sentir, amar, imaginar; envidiaba a una muchacha pobre del campo a quien la falta de relaciones, incluso de telégrafo, ofrece largos meses de sueños después de una pena que no puede aplacar artificialmente. Ahora bien, me daba cuenta de que, si en el caso de la Sra. de Guermantes, colmada de todo lo que podía hacer infinita la distancia entre ella y yo, había visto yo bruscamente suprimida dicha distancia por la opinión, la idea, según la cual las ventajas sociales son simple materia inerte y transformable, mis relaciones, mi fortuna, todos los medios materiales de que me hacían disfrutar tanto mi situación como la civilización de mi época, habían hecho retrasar, de forma semejante, aunque inversa, el momento de la lucha cuerpo a cuerpo con la voluntad contraria, inflexible, de Albertine, quien no había recibido presión alguna. Desde luego, había podido intercambiar telegramas, comunicaciones telefónicas, con Saint-Loup, estar en relación constante con la estafeta de Tours, pero ¿acaso no había sido inútil su espera, nulo su resultado? ¿Y acaso no sufren menos las muchachas del campo, sin ventajas sociales, sin relaciones, o los seres humanos antes de esos perfeccionamientos de la civilización, porque desean menos, porque deploran menos, lo que siempre han sabido que era inaccesible y, por esa razón, ha quedado como irreal? Deseamos más a la persona que va a entregarse, la esperanza anticipa la posesión, pero la pesadumbre es también un amplificador del deseo. La negativa de la Srta. de Stermaria a acudir a cenar en la isla del Bois fue lo que impidió que fuera a ella a quien amase yo. También habría podido bastar para hacer que la amara, si después hubiese vuelto a verla a tiempo. En cuanto me había enterado de que no vendría, pensando en la hipótesis inverosímil —y que se había realizado— de que tal vez, por tener alguien celos de ella y alejarla de los demás, no volvería yo a verla jamás, había yo sufrido tanto, que habría dado cualquier cosa por verla y fue una de las angustias mayores que experimenté y que la llegada de Saint-Loup calmó. Ahora bien, a partir de cierta edad nuestros amores, nuestras amantes, son hijos de nuestra angustia; nuestro pasado —y las lesiones físicas en las que se inscribe— determina nuestro futuro. En el caso de Albertine en particular, que no fuera necesario que fuese a ella a quien yo amase estaba inscrito, incluso sin aquellos amores vecinos, en la historia de mi amor por ella, es decir, por ella y sus amigas, pues no era siquiera un amor como el que había sentido por Gilberte, sino creado por división entre varias muchachas. Era posible que por ella —y porque me parecían algo análogo a ella— me hubiesen gustado sus amigas. El caso es que, durante mucho tiempo, la vacilación entre todas ellas fue posible, mi elección se paseaba de una a otra y, cuando creía preferir a ésta, bastaba que aquélla me hiciera esperar, se negara a verme, para que sintiese por ella un principio de amor. Muchas veces pudo ocurrir que, un poco antes de la visita de Andrée, que iba a venir a verme en Balbec, si Albertine había faltado a su palabra, mi corazón no cesara de palpitar; creía que nunca más volvería a verla y a ella era a la que amaba y, cuando llegaba Andrée, le decía sinceramente (como se lo dije en París, después de enterarme de que Albertine había conocido a la Srta. Vinteuil) lo que podía creer dicho a propósito, sin sinceridad, lo que habría dicho, en efecto, así y en los mismos términos, si la víspera hubiese sido yo feliz con Albertine: «¡Lástima! Si hubieras llegado antes… ahora amo a otra». Y aún, en aquel caso de Andrée substituida por Albertine, cuando me había enterado de que ésta había conocido a la Srta. Vinteuil, el amor había sido alternativo y, por consiguiente, sólo había habido, en resumidas cuentas, uno a la vez, pero antes había habido casos en que había reñido a medias con dos de las muchachas. La que diera los primeros pasos me devolvería la calma, a la otra es a la que amaría, si seguía enfadada, lo que no quiere decir que no sería con la primera con la que me comprometería definitivamente, pues me consolaría, aunque ineficazmente, de la duración de la segunda, a la que acabaría olvidando, si no volvía nunca más. Ahora bien, a veces, pese a estar convencido de que una u otra al menos iba a volver conmigo, ninguna de las dos lo hacía durante un tiempo. Así, pues, mi angustia era doble y doble mi amor, y me reservaba la posibilidad de dejar de amar a la que volviera, pero hasta entonces sufría por las dos. Es propio de cierta edad, que puede ser muy temprana, que, más que sufrir un abandono, nos desenamoremos de una persona, y de ésta, al haber quedado obscurecida su figura, su alma inexistente, nuestra preferencia reciente e inexplicada, acabemos sabiendo sólo una cosa: que, para dejar de sufrir, necesitaríamos que nos mandara a decir: «¿Me recibirías?». Mi separación de Albertine, el día en que Françoise me había dicho: «La señorita Albertine se ha marchado», era como una alegoría de tantas otras separaciones, pues con mucha frecuencia, para que descubramos que estamos enamorados, tal vez incluso para que lleguemos a estarlo, debe llegar el día de la separación.


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