La fugitiva

La fugitiva

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Ni siquiera puedo decir que lo que me hacía sentir la pérdida de todos aquellos instantes tan dulces que nadie me devolvería jamás fuera la desesperación. Para estar desesperado, hay que tener apego aún a esta vida, que ya sólo podrá ser desgraciada. Yo estaba desesperado en Balbec, cuando había visto hacerse de día y había comprendido que ninguno más podría ser feliz para mí. Había seguido siendo igualmente egoísta desde entonces, pero el yo al que me sentía apegado en aquel momento, el yo que constituía esas reservas de vitalidad que ponen en juego el instinto de conservación, ya no estaba en la vida; cuando reflexionaba sobre mis fuerzas, mi potencia vital, lo mejor que había en mí, pensaba en cierto tesoro que había poseído (que había sido el único en poseer, ya que los demás no podían conocer exactamente el sentimiento, oculto en mí, que me había inspirado) y que nadie podía ya quitarme, en vista de que había dejado de poseerlo, y, a decir verdad, tan sólo lo había poseído porque había querido figurarme que lo poseía. No había cometido sólo la imprudencia —al mirar a Albertine con mis labios y al alojarla en mi corazón— de hacerla vivir dentro de mí ni otra consistente en mezclar un amor familiar con el placer de los sentidos. Había querido también convencerme de que nuestras relaciones eran el amor, de que practicábamos mutuamente las relaciones llamadas amorosas, porque ella me devolvía, dócil, los besos que yo le daba, y, por haber adquirido la costumbre de creerlo, no había yo perdido sólo a una mujer a quien amaba, sino también a una mujer que me amaba, mi hermana, mi hija, mi tierna amante, y, en resumidas cuentas, había tenido una felicidad y una desdicha que Swann no había conocido, pues precisamente, durante todo el tiempo en que había amado a Odette y había estado tan celoso de ella, apenas la había visto, ya que, ciertos días en que ella anulaba su cita en el último momento, le resultaba tan difícil ir a su casa, pero después había sido suya, había pasado a ser su esposa y hasta su muerte. En cambio, yo, más feliz que Swann, mientras estaba tan celoso de Albertine, la había tenido en mi casa. Yo había realizado en verdad aquello con lo que Swann había soñado tanto tiempo y había logrado materialmente sólo cuando ya le resultaba indiferente. Ahora bien, a Albertine no la había conservado yo como él a Odette. Había huido, había muerto. Es que nada se repite nunca exactamente y las existencias más análogas —y que, gracias al parentesco de los caracteres y a la similitud de las circunstancias, se pueden elegir para presentarlas como simétricas una a la otra— siguen siendo opuestas en muchos sentidos. Al perder la vida, no habría yo perdido gran cosa; sólo habría perdido ya una forma vacía, el marco vacío de una obra maestra. Indiferente a lo que en adelante podía hacer entrar en ella, pero feliz y orgulloso al pensar en lo que había contenido, me apoyaba en el recuerdo de aquellas horas tan dulces y ese apoyo moral me infundía un bienestar que ni siquiera la cercanía de la muerte habría anulado.


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