La fugitiva

La fugitiva

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En caso de que la conversación que había tenido yo con Albertine al volver del Bois, antes de aquella última velada Verdurin, aquella conversación que había mezclado un poco a Albertine con la vida de mi inteligencia y, en ciertos aspectos, nos había vuelto idénticos uno al otro, no hubiera existido, yo no habría podido consolarme, pues no es que su inteligencia, su bondad para conmigo, hubieran sido —como veía al recordarlas con ternura— mayores seguramente que las de otras personas a las que había yo conocido: ¿acaso no me había dicho la Sra. de Cambremer en Balbec: «¡Cómo! ¡Podría usted pasar tiempo con Elstir, que es un genio, y lo pasa con su prima!»? La inteligencia de Albertine me gustaba, porque, por asociación, despertaba en mí lo que yo llamaba su dulzura, así como llamamos dulzura de una fruta a cierta sensación que pertenece exclusivamente a nuestro paladar, y, de hecho, cuando pensaba en la inteligencia de Albertine, mis labios se adelantaban instintivamente y saboreaban un recuerdo cuya realidad prefería yo que fuera exterior y consistiese en la superioridad objetiva de una persona. Cierto es que había yo conocido a personas con mayor inteligencia, pero el infinito del amor —o su egoísmo— hace que las personas a las que amamos sean aquellas cuya fisionomía intelectual y moral está menos objetivamente definida para nosotros; las retocamos sin cesar al albur de nuestros deseos y nuestros temores, no las separamos de nosotros, son sólo un lugar inmenso e impreciso en el que exteriorizar nuestras ternuras. No tenemos de nuestro propio cuerpo, al que afluyen perpetuamente tantos malestares y placeres, una silueta tan nítida como la de un árbol o una casa o un transeúnte y tal vez mi error hubiera consistido en no haber intentado conocer mejor a Albertine en sí misma. Así como durante mucho tiempo había tenido yo en cuenta, desde el punto de vista de su encanto, sólo las posiciones diferentes que ocupaba en mi recuerdo en el plano de los años y me había sorprendido ver que se había enriquecido espontáneamente con modificaciones que sólo se debían a la diferencia de perspectivas, así también debería yo haber intentado comprender su carácter como el de una persona cualquiera y, al explicarme entonces por qué se obstinaba en ocultarme su secreto, tal vez habría dejado de prolongar entre nosotros, con aquel extraño enconamiento, aquel conflicto que había propiciado la muerte de Albertine, y entonces sentía, con gran compasión de ella, la vergüenza de haberla sobrevivido. En efecto, en las horas en que sufría menos me parecía que me beneficiaba en cierto modo de su muerte, pues una mujer es de mayor utilidad para nuestra vida, si, en lugar de un elemento de felicidad en ella, es un instrumento de pena y no hay una sola cuya posesión sea tan preciosa como la de las verdades que nos descubre al hacernos sufrir. En esos momentos, al unir la muerte de mi abuela y la de Albertine, me parecía que mi vida estaba maculada por un doble asesinato que sólo la cobardía del mundo podía perdonarme. Había soñado con ser comprendido por Albertine, con que me apreciara debidamente, creyendo que era por el gran gozo de ser comprendido, de ser apreciado debidamente, cuando, en realidad, tantas otras habrían podido hacerlo mejor. Deseamos ser comprendidos porque deseamos ser amados y deseamos ser amados porque amamos. La comprensión de los demás es indiferente y su amor resulta importuno. Mi alegría por haber poseído un poco de la inteligencia de Albertine y de su corazón no se debía a su valor intrínseco, sino a que esa posesión era un grado más en la posesión total de Albertine, que había sido mi objetivo y mi quimera desde el primer día en que la había visto. Cuando hablamos de la «bondad» de una mujer, tal vez estemos simplemente proyectando al exterior el placer que sentimos al verla, como los niños, cuando dicen: «Mi querida camita, mi querida almohadita, mis queridos majuelitos». Eso explica, por otra parte, que los hombres nunca digan de una mujer que no los engaña: «Es tan buena», y lo digan tan a menudo de una que los engaña. A la Sra. de Cambremer le parecía —y con razón— que el encanto espiritual de Elstir era mayor, pero no podemos juzgar del mismo modo el de una persona que es, como todas las demás, exterior a nosotros, pintada en el horizonte de nuestro pensamiento, y el de una persona que, a consecuencia de un error de localización resultante de ciertos accidentes, pero tenaz, se ha alojado dentro de nuestro propio cuerpo, hasta el punto de que preguntarnos retrospectivamente si miraría a una mujer cierto día en el pasillo de un trenecito marítimo nos hace sentir los mismos sufrimientos que un cirujano que buscara una bala en nuestro corazón. Una simple medialuna, pero que comemos, nos hace sentir más placer que todos los hortelanos, gazapos y perdices que fueron servidos a Luis XV y la punta de la brizna de hierba que tiembla a unos centímetros de nuestros ojos, estando tumbados en la montaña, puede ocultarnos la vertiginosa aguja de una cima, si ésta está a varias leguas de distancia. Por lo demás, nuestro error no es el de apreciar la inteligencia, la bondad, de una mujer a la que amamos, por pequeñas que sean. Nuestro error es el de permanecer indiferentes a la bondad, a la inteligencia, de las demás. La mentira sólo empieza de nuevo a causarnos la indignación y la bondad el agradecimiento que deberían inspirarnos siempre, si proceden de una mujer a la que amamos y el deseo físico tiene el maravilloso poder de devolver su valor a la inteligencia y bases sólidas a la vida moral. Jamás volvería yo a encontrar esa cosa divina: una persona con quien pudiera hablar de todo, con quien pudiese confiarme. ¿Confiarme? Pero ¿es que no me demostraban otras personas más confianza que Albertine? ¿Acaso no tenía yo conversaciones más extensas con otras? Ahora bien, ¿qué importa la confianza, la conversación, cosas mediocres, sean más o menos imperfectas, con tal de que se mezcle con ellas el amor, que es lo único divino? Volvía a ver a Albertine sentarse a su pianola, rosada bajo su pelo negro; sentía en mis labios —que ella intentaba separar— su lengua, su maternal, incomestible, nutritiva y santa lengua, cuyos rocío y llama secretos hacían que, incluso cuando se limitaba a deslizarla por la superficie de mi cuello, de mi vientre, esas caricias superficiales, pero en cierto modo hechas por el interior de su carne, exteriorizada como una tela que mostrara su forro, cobraran, incluso en los contactos más externos, como la misteriosa dulzura de una penetración.


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