La fugitiva
La fugitiva Aquella habitación en la que cenábamos nunca me había parecido bonita, se lo decía simplemente para que estuviese contenta de vivir en ella. Ahora las cortinas, los asientos, los libros habían dejado de resultarme indiferentes. El arte no es el único que comunica encanto y misterio a las cosas más insignificantes; esa misma facultad de ponerlas en relación íntima con nosotros está reservada también al dolor. En el momento no había yo prestado la menor atención a aquella cena nuestra al regreso del Bois, antes de que yo fuera a casa de los Verdurin, hacia cuya belleza y grave dulzura dirigía ahora los ojos llenos de lágrimas. Una impresión del amor no guarda proporción con otras impresiones de la vida, pero no podemos notarla en medio de ellas. No es desde abajo —en el tumulto de la calle y el barullo de las casas vecinas—, sino desde las pendientes de un collado cercano —a una distancia, cuando nos hemos alejado, en que toda la ciudad ha desaparecido o ya sólo forma a ras del suelo un montón confuso— y en el recogimiento de la soledad y del atardecer como podemos evaluar —única, persistente y pura— la elevación de una catedral. Yo intentaba abrazar la imagen de Albertine por entre mis lágrimas, al pensar en todas las cosas serias y justas que ella había dicho aquella noche. Una mañana, creí ver la forma oblonga de una colina en la niebla, sentir el calor de una taza de chocolate, mientras me oprimía horriblemente el corazón aquel recuerdo de la tarde en que Albertine había venido a verme y yo la había abrazado por primera vez. Es que acababa de oír el hipo de la estufa de agua que acababan de encender y tiré, irritado, una invitación de la Sra. Verdurin que me trajo Françoise. En vista de que Albertine estaba muerta, tan joven, y Brichot seguía cenando en casa de la Sra. Verdurin, quien seguía recibiendo y tal vez recibiría durante muchos años más, ¡cómo se me imponía con mayor fuerza la impresión que tuve, al ir a cenar por primera vez en la Raspelière, de que la muerte no golpea a todas las personas a la misma edad! Al instante aquel nombre de Brichot me recordó el fin de aquella velada, tras la cual éste me había acompañado y había yo visto desde abajo la luz de la lámpara de Albertine. Ya había vuelto a pensar en ello otras veces, pero no había abordado aquel recuerdo por el mismo ángulo, pues, si bien nuestros recuerdos son muy nuestros, lo son al modo de esas propiedades que tienen puertecitas ocultas que muchas veces ni siquiera nosotros mismos conocemos y que alguien de la vecindad nos abre; de modo, que hemos entrado en casa por una parte por la que nunca lo habíamos hecho. Entonces, al pensar en el vacío que encontraría ahora, al volver a casa, en que ya nunca más vería desde abajo la habitación de Albertine, cuya luz se había apagado para siempre, comprendí hasta qué punto me había equivocado aquella noche en la que, al separarme de Brichot, había creído sentir fastidio, pena, por no poder irme a pasear y hacer el amor en otra parte, y que se debía sólo a que, al creer tener asegurada enteramente la posesión del tesoro cuyos reflejos llegaban desde arriba hasta mí, había olvidado calcular su valor, por lo que me parecía, lógicamente, inferior a placeres, por pequeños que fueran, que, al intentar imaginarlos, evaluaba. Comprendí hasta qué punto aquella luz que me parecía proceder de una cárcel entrañaba para mí una plenitud de vida y de dulzura y no era sino la realización de lo que me había embriagado por un instante y después me había parecido imposible para siempre la noche en que Albertine se había acostado bajo el mismo techo que yo, en Balbec; comprendía que aquella vida que había llevado ella en París, en una casa mía que era su casa, era precisamente la realización de aquella paz profunda con la que había soñado yo.