La fugitiva

La fugitiva

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Al menos me alegraba de que, antes de morir, me hubiese escrito aquella carta y sobre todo me hubiese enviado el último mensaje, prueba de que, si hubiese vivido, habría vuelto. Me parecía que así era no sólo más dulce, sino también más hermoso, que el acontecimiento habría estado incompleto sin aquel telegrama, habría tenido más de arte y de destino. En realidad, igual lo habría tenido, si hubiera sido otro, pues todo acontecimiento es como un molde de una forma particular y, sea cual fuere, impone a la serie de los hechos que ha venido a interrumpir y parece concluir un dibujo que creemos el único posible, porque no conocemos el que habría podido substituirlo. Yo me repetía: «¿Por qué no me dijo: “Tengo esas inclinaciones”? Yo habría cedido, le habría permitido satisfacerlas, en este momento volvería a besarla». ¡Qué tristeza haber de recordar que así me había mentido, al jurarme, tres días antes de separarse de mí, que nunca había tenido con la amiga de la Srta. Vinteuil las relaciones que, en el momento en que me lo juraba, su rubor había confesado! Pobrecilla, al menos había tenido la honradez de no pretender jurar que el placer de volver a ver a la Srta. Vinteuil y a su amiga nada tenía que ver con su deseo de ir aquel día a casa de los Verdurin. ¿Por qué no había llegado hasta el final de su confesión y había inventado entonces aquella novela inimaginable? Por lo demás, tal vez fuera un poco culpa mía que nunca hubiese querido —pese a todos mis ruegos, que iban a chocar contra su denegación— decirme: «Tengo esas inclinaciones». Tal vez fuera un poco culpa mía, porque en Balbec, el día en que, después de la visita de la Sra. de Cambremer, había tenido yo mi primera discusión con Albertine y distaba tanto de creer que pudiese tener, en todo caso, algo más que una amistad demasiado apasionada con Andrée, había expresado con demasiada vehemencia mi repugnancia por esa clase de costumbres, las había condenado de forma demasiado categórica. No podía recordar si Albertine había enrojecido cuando yo había tenido la ingenuidad de proclamar mi horror al respecto: no podía recordarlo, porque con frecuencia no deseamos saber hasta mucho después qué actitud adoptó una persona en un momento en que no prestamos la menor atención y que, más adelante, cuando volvemos a pensar en la conversación, aclararía una dificultad angustiosa, pero en nuestra memoria hay una laguna, no hay rastro de ella. Y en muchos casos no prestamos suficiente atención en aquel momento a lo que podía ya parecernos importante, no oímos bien una frase, no notamos un gesto o bien los hemos olvidado y, cuando, más adelante, presa de la avidez por descubrir una verdad, nos remontamos de deducción en deducción, hojeando nuestra memoria como si fuera una recopilación de testimonios, cuando llegamos a esa frase, a ese gesto, que no conseguimos recordar, volvemos a empezar veinte veces el mismo trayecto, pero en vano, pues el camino no avanza más. ¿Habría enrojecido? No lo sé, pero era imposible que no hubiese podido oír y el recuerdo de aquellas palabras la había interrumpido más adelante, cuando tal vez estuviera a punto de confesarse conmigo. Y ahora ya no estaba en parte alguna, yo podría haber recorrido la Tierra de un polo al otro sin encontrar a Albertine; la realidad, que se había cerrado sobre ella, había vuelto a quedar unida, había borrado hasta el rastro de la persona que se había hundido hasta el fondo. Ya sólo era un nombre, como aquella Sra. de Charlus de la que quienes la habían conocido decían con indiferencia: «Era deliciosa», pero yo no podía concebir más de un instante la existencia de aquella realidad de la que Albertine no tenía conciencia, pues mi amiga existía demasiado en mí, en quien todos los sentimientos, todos los pensamientos se relacionaban con su vida. Tal vez si lo hubiera sabido, la habría emocionado saber que su amigo no la olvidaba, una vez acabada su vida, y habría sido sensible a cosas que antes la hubiesen dejado indiferente, pero, como quisiéramos abstenernos de infidelidades, por secretas que sean, de tanto como tememos que aquella a quien amamos no se abstenga de ellas, me horrorizaba pensar que, si los muertos viven en alguna parte, mi abuela conocía tanto mi olvido como Albertine mi recuerdo. Y, en resumidas cuentas, aun en el caso de una misma muerta, ¿acaso estamos seguros de que la alegría que sentiríamos, al enterarnos de que sabe ciertas cosas, compensaría el espanto de pensar que las sabe todas? Y, por sangriento que sea el sacrificio, ¿acaso no renunciaríamos a veces a conservarlas, después de su muerte, como amigas, por miedo a tenerlas también de jueces?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker