La fugitiva
La fugitiva Mis curiosidades celosas sobre lo que había podido hacer Albertine eran infinitas. Pagué a una multitud de mujeres, que nada me enseñaron. Si dichas curiosidades eran tan vivas, es porque la persona no muere en seguida para nosotros, permanece bañada en algo así como un aura de vida que nada tiene de una verdadera inmortalidad, pero permite que siga ocupando nuestros pensamientos como cuando vivía. Es como un viaje. Es una supervivencia muy pagana. A la inversa, cuando hemos dejado de amar, las curiosidades que inspira la persona mueren antes que ella misma. Así, yo ya no habría dado un solo paso para saber con quién se prometía Gilberte cierta noche en los Campos Elíseos. Ahora bien, comprendía perfectamente que esas curiosidades eran absolutamente semejantes, sin valor en sí mismas, sin posibilidad de durar, pero seguía sacrificándolo todo a la cruel satisfacción de esas curiosidades pasajeras, aun sabiendo de antemano que mi separación forzosa de Albertine, debida a su muerte, acabaría infundiéndome la misma indiferencia que mi separación voluntaria de Gilberte. Si ella hubiera podido saber lo que iba a ocurrir, habría permanecido junto a mí, pero eso equivalía a decir que, una vez que se hubiera visto muerta, habría preferido permanecer con vida junto a mí. Semejante suposición, en virtud de la propia contradicción que entrañaba, era absurda, pero no inofensiva, pues, al imaginar lo mucho que se habría alegrado Albertine —si hubiera podido saber, si hubiese podido comprender, retrospectivamente— de volver junto a mí, yo la veía ahí, quería abrazarla y —¡ay!— era imposible, nunca volvería: estaba muerta. Mi imaginación la buscaba en el cielo, las noches en que habíamos vuelto a mirarlo juntos; más allá de aquella luz de luna que le gustaba, intentaba yo elevar mi cariño hasta ella para que le resultara un consuelo por haber dejado de vivir y aquel amor por una persona que había quedado tan lejos era como una religión, mis pensamientos subían hacia ella como plegarias. El deseo es muy fuerte y engendra la creencia; yo había creído que Albertine no se marcharía, porque yo lo deseaba y, porque lo deseaba, creí que no había muerto; me puse a leer libros sobre las mesas giratorias, empecé a considerar posible la inmortalidad del alma, pero no me bastaba. Era necesario que, después de mi muerte, volviese a encontrármela con su cuerpo, como si la eternidad se pareciese a la vida. ¿Qué digo «a la vida»? Era yo más exigente aún. Me habría gustado no estar para siempre privado por la muerte de los placeres que, sin embargo, no es la única en quitarnos, pues, sin ella, habrían acabado embotándose, habían empezado ya a estarlo por efecto de la costumbre antigua, de las nuevas curiosidades. Además, en la vida Albertine, incluso físicamente, habría cambiado poco a poco, día tras día me habría yo adaptado a su cambio, pero, al evocar mi recuerdo sólo ciertos momentos de ella, quería volver a verla tal como habría dejado de ser, si hubiese vivido; lo que quería era un milagro que satisficiese los límites naturales y arbitrarios de la memoria, que no puede salir del pasado. Sin embargo, yo imaginaba a aquella criatura viva con la ingenuidad de los teólogos antiguos, concediéndome sus explicaciones: ni siquiera las que pudiese darme, sino —mediante una contradicción interna— las que siempre me había denegado durante su vida. Y así, al ser su muerte como un sueño, mi amor le parecería una felicidad inesperada; de la muerte yo me quedaba exclusivamente con la comodidad y el optimismo de un desenlace que simplificara, que lo arreglase todo.