La fugitiva

La fugitiva

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A veces no era tan lejos, no era en otro mundo donde imaginaba yo nuestra reunión. Así como en otro tiempo, cuando yo sólo conocía a Gilberte por jugar con ella en los Campos Elíseos, por la noche, en casa, me imaginaba que iba a recibir una carta de ella, en la que me confesaría su amor, que iba a entrar, como una misma fuerza de deseo, ateniéndose tan poco a las leyes físicas, que lo contrariarían, como la primera vez en relación con Gilberte, en la que, en definitiva, no se había equivocado, pues había tenido la última palabra, así también me hacía pensar ahora que iba a recibir una nota de Albertine en la que me informaría de que había tenido, en efecto, un accidente montando a caballo, pero que por razones novelescas (y como, en resumidas cuentas, ha ocurrido a veces en el caso de personas a las que durante mucho tiempo se había creído muertas) no había querido que yo me enterara de que se había curado y, ahora arrepentida, me pedía permiso para venir a vivir siempre conmigo y, al hacerme comprender muy bien lo que pueden ser ciertas locuras agradables de personas que, por lo demás, parecen razonables, sentía yo coexistir en mí la certidumbre de que estaba muerta y la incesante esperanza de verla entrar.




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