La fugitiva

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Aún no había recibido noticias de Aimé, pese a que ya debía de haber llegado a Balbec. Desde luego, mi investigación se refería a un aspecto secundario y muy arbitrariamente elegido. Si la vida de Albertine había sido de verdad culpable, debía de haber habido en ella muchas otras cosas más importantes, las que el azar no me había permitido conocer, como en el caso de aquella conversación sobre el salto de la ducha gracias al rubor de Albertine, pero precisamente esas cosas no existían para mí, ya que no las veía. Ahora bien, de forma totalmente arbitraria había saltado yo hasta aquel día y, varios años después, intentaba reconstituirlo. Si a Albertine le habían gustado las mujeres, había miles de otros días de su vida cuyo empleo no conocía yo y que podía ser tan interesante para mí conocer; habría podido enviar a Aimé a muchos otros sitios de Balbec, a muchas otras ciudades distintas de ésta, pero, precisamente porque no sabía el empleo que les había dado, aquellos días no se presentaban a mi imaginación, carecían de existencia en ella. Las cosas, las personas, no empezaban a existir para mí hasta que cobraban en mi imaginación una existencia individual. Si había miles de otras semejantes, se volvían para mí representativas del resto. Si desde hacía mucho había yo deseado saber —puesto a sospechar sobre Albertine— lo que había ocurrido en el caso de la ducha, era de la misma forma que —en cuanto a deseos de mujeres y aun sabiendo que había un gran número de muchachas y doncellas que podían valer tanto como ellas y de las que el azar habría podido igualmente hacerme oír hablar— quería conocer —puesto que eran aquellas de las que Saint-Loup me había hablado, las que existían individualmente en mí— a la joven que iba a las casas de citas y a la doncella de la Sra. Putbus. Las dificultades que mi salud, mi indecisión, mi «procrastinación», como decía Saint-Loup, ponían a cualquier realización, me habían hecho aplazar día tras día, mes tras mes, año tras año, el esclarecimiento de ciertas sospechas y la satisfacción de ciertos deseos, pero los conservaba en la memoria, al tiempo que me prometía no olvidarme de averiguar su realidad, porque eran los únicos que me obsesionaban (ya que los demás no carecían de forma para mí, no existían) y también porque el propio azar que los había elegido en medio de la realidad me garantizaba que sería sin duda con ellos, con un poco de la realidad, de la vida verdadera y codiciada, con los que entraría yo en contacto. Y, además, ¿es que acaso no basta un fenómeno menor, si está bien elegido, al experimentador para dilucidar una ley general que hará conocer la verdad sobre millares de fenómenos análogos? Aunque Albertine existiera en mi memoria sólo en el estado en que me había aparecido sucesivamente a lo largo de la vida, es decir, subdividida conforme a una serie de fracciones de tiempo, mi pensamiento, al restablecer la unidad en ella, rehacía una persona y sobre ésta quería yo emitir un juicio general, saber si me había mentido, si le gustaban las mujeres, si me había abandonado para frecuentarlas en libertad. Lo que dijera la encargada de las duchas tal vez pudiese zanjar para siempre mis dudas sobre las costumbres de Albertine.


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