La fugitiva

La fugitiva

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¡Mis dudas! Yo había creído —¡ay!— que me resultaría indiferente, agradable incluso, dejar de ver a Albertine, hasta que su marcha me hubo revelado mi error. Asimismo, su muerte me había mostrado hasta qué punto me equivocaba al creer desear a veces su muerte y suponer que sería mi liberación. Del mismo modo comprendí, cuando recibí la carta de Aimé, que, si no había yo sufrido hasta entonces demasiado cruelmente a consecuencia de mis dudas sobre la virtud de Albertine, era porque en modo alguno lo eran en realidad. Mi felicidad, mi vida, necesitaban que Albertine fuese virtuosa, habían dejado establecido de una vez por todas que lo era. Provisto de esa creencia preservadora, podía dejar jugar sin peligro a mi cabeza tristemente con suposiciones a las que atribuía una forma, pero no fe. Me decía: «Tal vez le gusten las mujeres», como cuando se dice: «Podría morirme esta noche»; lo pensamos, pero no lo creemos, hacemos proyectos para el día siguiente. Eso explica que, al abrigar injustificadamente dudas sobre si gustaban o no las mujeres a Albertine y creer, por consiguiente, que una culpabilidad en el haber de Albertine no me aportaría nada en lo que no hubiese pensado con frecuencia, pude experimentar ante las imágenes, insignificantes para otros, un sufrimiento inesperado, el más cruel que había sentido hasta entonces y que formaba con dichas imágenes, con la imagen —¡ay!— de la propia Albertine, como un precipitado —como se dice en química— en el que todo era indivisible y del que el texto de la carta de Aimé, que he separado de forma totalmente convencional, no puede dar la menor idea, ya que cada una de las palabras que la componen resultaba al instante, transformada, coloreada para siempre, por el sufrimiento que acababa de inspirar.


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